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Amor y Libertad



Alguien dijo una vez que no existe emoción más fuerte que el miedo. Posiblemente tenía razón. No la tiene, me parece a mí, quien siempre considera el miedo como una emoción negativa. Digo yo que no ha de ser muy negativa cuando nos vuelve prudentes, cuando impide que metas los dedos en un enchufe para comprobar si es verdad que se te riza el pelo y te ahorras un pastón en permanentes, cuando te muerdes la lengua y callas lo que piensas sobre la última ocurrencia cafre de tu jefe, y no es una emoción negativa el miedo cuando te para los pies antes de marcharte a casa con el tipo que acabas de conocer, del que nada sabes tú ni sabe nadie, por más atractiva que parezca la incógnita que se esconde tras ese velo... Ese miedo que te detiene antes de colocarte a tiro de los impulsos depravados de un psicópata. Ese que no llamamos «miedo» y que conocemos por «prudencia», pero que no deja de ser miedo del bueno.

En cambio, es una emoción negativa cuando nos empuja a participar en una práctica sexual que no nos gusta para retener a nuestro lado a quien nos la propone —porque creemos que así no van a abandonarnos, porque así parecemos la mar de guays, y chic, o fashion fashion, o lo que sea haya que ser ahora—, o cuando ponemos freno al sentimiento amoroso que se acaba de despertar en nuestro interior por temor a que nos hieran, a que nos decepcionen o a ser una misma la que decepciona.

Y ya puedes ir culpando al miedo, al miedo al compromiso, cuando por más que se te irrite la garganta de tanto gritar que lo que tú quieres de verdad es un amor auténtico, profundo y duradero, dejas que por tu vida pase un largo desfile de personajes con los que casi nunca llegas a compartir un desayuno.

En esos años que ocupan la etapa de iniciación a la vida, se nos inculcan, sin ser conscientes de ello, unos ideales con los que adornamos conceptos como AMOR y LIBERTAD. Conceptos que podemos acabar percibiendo como antagónicos.


Las visiones más sexistas tienden a contemplar el AMOR como una aspiración femenina y la LIBERTAD como una patria conquistada por hombres de la que no los arranca ni una explosiva top model que prometa la lujuria eterna.

Como todos los tópicos relacionados con los patrones de género, también este es falso. 

El temor a perder la independencia, el miedo al compromiso, a someterse a una relación en exclusiva («Tal vez conozca a alguien mejor») o, sencillamente, tener que cambiar tus hábitos, tus horarios, tu modelo de vida para embarcarte en un nuevo proyecto para el que tendrás que entenderte y negociar constantemente con otra persona; estos temores, decía, no son únicamente cosa de hombres. Ya, no. 

Hasta las mujeres que dicen querer enamorarse encuentran el modo de bloquear sus sentimientos en cuanto empiezan a sentir un ligero aleteo en el estómago, de entorpecer una relación que acaba de comenzar en cuanto tiene visos de estabilizarse.

Poner pegas a la persona que las quiere bien («Ay, es majo, pero no me da morbo») y volcarse una y otra vez en relaciones tóxicas («Y qué le voy a hacer si los que me ponen siempre son crápulas»), destructivas, que acabarán por hacerles daño, es otra de las trampas habituales que colocan en su camino quienes huyen del amor, sin saber que su miedo a la relación amorosa, el miedo al compromiso, es más intenso que su necesidad de tener pareja. 

Son estas algunas de las aventuras que viven las singles, y que puedes conocer aquí:

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