lunes, 3 de julio de 2017

¿De quién nos enamoramos?

Mi madre me dijo una vez que estaba muy enamorada de Gregory Peck. Y se casó con mi padre.
Y tú te estarás preguntando qué diablos insinúo, que, por más que mires las fotos, no encuentras el parecido por ninguna parte.
Pues no, no se me ha ido la olla. Yo también distingo entre esos hombros estrechos de Greg y la espaldota de mi papi, de quien, cuando las vecinas de mi madre lo veían venir, siendo novios, decían: «Ahí llega el armario de cuatro puertas».
Recordé esta confidencia materna mientras leía Matar a un ruiseñor, y pensé en las muchas veces que Gregory Peck interpretó a personajes honestos como Atticus Finch, el abogado para quien la justicia, más que un deber, era una pasión. No ha sido hasta estos últimos años que mi padre nos ha contado cómo se embarcó con dieciséis años porque no soportaba más el caciquismo que reinaba en su aldea. Y, también, cómo siendo ya patrón de pesca, tuvo que defender los derechos de quienes trabajaban en el barco frente a los abusos de cargos superiores. No lo cuenta con arrogancia, no lo cuenta por presumir. Lo cuenta como si necesitara recuperar recuerdos en tiempos como estos en los que ya no le cabe más indignación. Lo cuenta, a veces, como si hablara para sí mismo. Cosas de hacerse mayor, supongo.
Pues la verdad es que así, con las gafas y tal, sí le encuentro el parecido a mi padre, sí.

Puede que en una época como la que vivimos, con películas, novelas y series de televisión en las que triunfan los protagonistas canallas, los malotes, los machistas, los tipos con trastornos que se liberarán de sus sombras gracias al amor de una protagonista sin pizca de autoestima, en la que arrasan las historias de «aguanta el infierno, nena, que al final tendrás tu príncipe azul»… Puede que en esta época, decía, sea difícil entender que hay mujeres capaces de enamorarse de virtudes como la honradez o la generosidad, de hombres dispuestos a atender a la casa y a los hijos cuando regresan del trabajo, de hombres con un sentido del humor sano y no del que gasta bromas pesadas, de hombres ingeniosos y no de pedantes. Y, sin embargo, estas mujeres también existen. Mujeres para las que no hay nada más viril que un hombre así, nada más excitante que la integridad, que no hay macho más Alfa que el que lucha por ser fiel a sí mismo, a sus valores, a sus principios.

Que el modelo de relación que mantiene una pareja sirve como ejemplo para sus hijos, ya sea de amor verdadero, de odio mutuo o de maltrato, es una realidad. Lo aprendí cuando descubrí el concepto del «mapa del amor», y al que he hecho referencia en libros como Él está divorciado. Ese mapa es una especie de guía que nos conduce a caer rendidos de amor por un tipo de persona, un patrón que se dibuja con pinceladas de gente que hemos conocido y que han sido importantes para nosotros, especialmente durante la infancia y la adolescencia, con sus aspectos positivos y negativos. De poco sirve lo que intenten inculcarnos con sermones; aprendemos a actuar con los demás viendo cómo actúan los adultos que cuidan de nosotros.
Así lo confesaba Carol, una de las protagonistas de Alas negras y chocolate amargo:
«La vida tenía que ser mejor que aquello. ¡Tenía que serlo! Esperaba que el brillo de unos ojos se me llevara el alma en volandas. Sabía, creía saber, que sólo podía enamorarme de un hombre que fuera menos corriente que los demás, como me parecía que era mi padre, y a todos los chicos los veía vulgares, ordinarios, incluso aquellos por los que babeaban mis amigas del instituto. Detestaba el mundo por no ser como lo había imaginado, por ser profundamente soso y aburrido, de una insipidez exasperante. Aunque me avergüence confesarlo, ese desprecio con que contemplaba a los demás me hacía sentir superior, y al mismo tiempo desgraciada.»
books2read.com/u/baP7Q8
Te puedes equivocar, por supuesto, porque, como dijo el sabio, cada cual es él o ella y sus circunstancias. Y las circunstancias de Carol Luján —una adolescencia sin amigos, marcada por la muerte repentina del padre— eran las propicias para fijarse en la persona equivocada.
Y cuando nos equivocamos, como se equivocó Carol, ¿qué hacemos después de una ruptura, corregimos o volvemos a caer en el error? Ernesto, el protagonista de la novela Como la seda, corrige: su nueva pareja, Gloria, se aparta mucho del modo de comportarse de su exmujer. Su mapa del amor se alteró, algo que puede ocurrir cuando aprovechas la experiencia de una mala relación, la contemplas con la perspectiva adecuada, y descubres cuáles son los errores que cometiste para no repetir esos fallos. No se trata de autoflagelarte, sino de conocerte para saber qué papel desempeñabas en esa relación, y quién quieres ser a partir de ahora.
Y así es como, además de hablar de mis libros (no he disimulado muy bien, ¿verdad?), intento convencerte de que puedes modificar un mapa del amor equivocado, corregir el rumbo. Una última sugerencia: si dejaste de querer a alguien de ese manera especial pero fue una historia que valió la pena vivir, si ha dejado de ser ese tipo de amor que sostiene una pareja pero conservas el aprecio, no te desprendas de esos planos, plastifícalos y trátalos con cariño, porque te seguirán siendo muy útiles para continuar este viaje que llamamos «vida».

5 comentarios:

  1. Me ha encantado tu reflexión y la historia de tus padres.

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  2. Muy bueno. Perfecta combinación de promo y comunicación. 😘

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  3. Muy bueno. Perfecta combinación de promo y comunicación. 😘

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  4. Jajajaja. Me ha encantado. Tengo que decir, y siempre lo digo, que a mí que me den un hombre sencillito, generoso, tranquilo y divertido. Ya una no tiene edad para complicarse la vida con hombres con exceso de equipaje. Me ha gustado mucho ese trozo de texto de tu libro.

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  5. Gracias por vuestros comentarios. La verdad, A. V., es que a partir de cierta edad lo habitual es que todos lleguemos a una relación con un equipaje, a no ser que hayas vivido en una isla desierta. E incluso en ese caso, algún trastorno mental puedes traer contigo. Un abrazo.

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