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Madrastra: ¿sabías lo que te esperaba?

Es un dicho popular que los hijos no llegan con un manual de instrucciones. Lo que no entra en la cabeza de la gente es que para tratar con los hijastros tampoco fuimos a talleres de prevención de riesgos.

Las madrastras son vulnerables a sufrir ansiedad, estrés y depresión

De madrastras a madres afines

Hace unos diez años, quizá algunos más, recibí la llamada de la jefa de redacción de una revista femenina con la que había comenzado a trabajar como free lance. Visitaba Barcelona y quería invitarme a comer para conocerme en persona.

Charlamos, claro está, sobre los temas que me apetecía abordar en la revista. Para entonces, ya había publicado Él está divorciado, y me planteaba llevar los conflictos de las segundas esposas a una novela.

«La verdad es que no sé cómo lográis superarlo», me dijo. Y me contó su historia.

Reconoció que al principio había odiado a la mujer de su padre, que la consideraba culpable del divorcio de sus padres. Y que después, cuando tuvo que sufrir la ira materna y se marchó a la casa del progenitor, descubrió como la madrastra estaba en las antípodas del papel de cizañera. Que, bien al contrario, intentaba calmar los ánimos antes de que se desataran las tempestades.

Bueno, ella no habló de ‘madrastra’ en ningún momento. El nombre se lo pongo yo porque es así como nos siguen llamando, por más que la madre siga viva y solo pueda considerarse madrastra a la que sustituye a la madre biológica cuando esta no existe. Hay intentos de bautizarnos con nombres más amigables, como el de ‘madre sin hijos’ o ‘madre afín’. Yo dejé atrás esa batalla, aunque me empeñe en seguir mostrando cómo somos y cómo es estar en nuestra piel.

«Eso del amor incondicional de la madre es una creencia falsa», me dijo la jefa de redacción de la revista. «Al menos es falso en el caso de mi madre. Para ella, o estás en su bando o deja de quererte; y estar en su bando significaba dejar de ver a mi padre».

Las madrastras tenemos necesidad de decirle al mundo que nos somos las brujas de los cuentos clásicos, que no tenemos por qué odiar a los hijos de nuestras parejas. Pero también tenemos que enfrentarnos a los sentimientos de celos y rivalidad que pueden nacer de forma natural y sin previo aviso, por más que la sociedad te lo recrimine.

En la leyenda oral que inspiró el cuento de Hansel y Gretel era la madre quien dejaba abandonados a los niños en el bosque. Los hermanos Grimm se vieron obligados a cambiar el personaje de esa madre por el de la figura de la madrastra para no dañar la imagen tradicional que se tiene de la madre, ese ser abnegado y dispuesto a dar la propia vida por la de sus hijos.

Tampoco en las primeras versiones de Blancanieves hubo una madrastra. Cuesta aceptar que el monstruo pueda ser la madre. Y, sin embargo, las noticias de sucesos nos revelan historias de madres atroces y niños torturados o asesinados por ellas. En los últimos cinco años, solo en España han sido asesinados por mujeres, al menos, 28 niños; tres de ellos fueron víctimas de sus madrastras, los otros 25 fueron asesinados por sus propias madres. 

Mi experiencia como segunda esposa y, sobre todo, el análisis de esa experiencia junto a la de otras personas entrevistadas para escribir sobre los segundos matrimonios me han enseñado que también una madre puede mirarse en el espejo y comparar su imagen con la de su joven hija. Y, sí, también puede provocarle celos.

Son sentimientos naturales, y cualquier mujer mentalmente equilibrada sabe cómo afrontarlos y coloca el cariño por encima de todo.

«Mi madre me echó en cara que mi padre la dejó de lado para estar más pendiente de mí y de mis necesidades, como si yo hubiera sido la causante del desgaste de su matrimonio y del divorcio», explicó una veinteañera.

El vínculo genético o sanguíneo, pues, no te libra de sentir celos de tus propios hijos. Y un lazo afectivo puede ser tan o más fuerte que el biológico.

Espejito, espejito, ¿por qué estoy tan deprimida?

Amarás a los hijos de tu pareja, pero difícilmente vas a amar el papel de madrastra.

«Ser madre es lo mejor que me ha pasado en la vida». ¿Cuántas veces hemos oído esa frase? Cientos, miles de veces. Ahora, sustituye ‘madre’ por ‘madrastra’. ¿Verdad que no has oído nunca nada parecido?

Las madrastras somos el miembro de la familia sin derecho a desahogo. Es algo que he experimentado en carne propia y que he visto en foros de Internet cada vez que una mujer expone la situación en la que se encuentra: «A ver, ya sabías en dónde te metías cuando te emparejaste con un hombre divorciado», es lo más bonito que suelen decirle.

Es curioso. Todo el mundo parece comprender a una mujer cuando dice que nadie le contó toda la verdad sobre la maternidad, que solo cuando tiene el niño en sus brazos comienza a saber qué significa en realidad, con todo lo bueno y todo lo malo. Y eso que podíamos vislumbrarlo en nuestras madres, en ese semblante amargo que lucía algunos días, y en los rayos de ira que alguna vez disparó por los ojos cuando las sacábamos de quicio.

En cambio, aunque no contáramos con la experiencia de otros divorcios en nuestro entorno ni hubiera madrastras de las que tomar nota, se espera de nosotras que sepamos lo que se nos viene encima en el momento en que nos enamoramos de un hombre con hijos. Y que tengamos la suficiente madurez para afrontarlo.

Y lo que se espera de nosotras, además, es una contradicción: si no te implicas en la crianza de tus hijastros, eres una egoísta; si lo haces, pasas a convertirte en una intrusa, alguien que desea usurpar el lugar de la madre. De modo que, si llegas a sentir amor por los hijos de tu pareja, procura que no se note demasiado, no vaya a ser que alguien se ofenda.

Padres que esperan que seas tú la encargada de imponer disciplina cuando sea necesario, pero se sienten molestos cuando te oyen dar órdenes a sus hijos. Y tampoco les gusta que les corrijas cuando hacen algo que no deben, si les obligas a comer en la mesa y no en cualquier parte de la casa, si les exiges que cumplan con unos horarios, si les pides que recojan sus juguetes y tengan su cuarto ordenado. En fin, si les pides lo que pedirías a tus hijos si los tuvieras.

En medio de estas contradicciones, las madrastras son muy vulnerables a la manipulación y, claro está, a caer en una depresión que casi siempre queda oculta bajo los sentimientos de dolor y frustración del resto de la familia. 

Estoy convencida de que las mujeres sufrimos una especie de amnesia selectiva que nos impide recordar los malos momentos que pasaron nuestras madres en sus labores de crianza y que nos lanzamos a la maternidad con la mente llena de fantasías. Una especie de ceguera que, del mismo modo, nos empujó a formar pareja, a contraer un compromiso y firmar una hipoteca. Son esas gafas de lentes rosa sin las cuales la continuidad de la especie humana se pondría en riesgo. Que nadie exija a las segundas esposas un nivel mayor de raciocinio. 

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