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HERIDAS OCULTAS (capítulo 1)

Como quizá ya sepas, estoy compartiendo en este blog el inicio de mi nueva novela. Si ya leíste el prólogo de Heridas ocultas (aquí), en esta entrada pongo a tu disposición el primer capítulo.
disponible el primer capítulo de la novela Heridas ocultas, de Sonsoles Fuentes

Capítulo 1

Cuando Cristina Carbajosa descubrió el cuerpo de la mujer en el apartamento que le habían mandado limpiar, supo que ese era un día echado a perder. Para Cristina, cualquier día en el que no pudiera estar, al menos, un par de horas a solas con sus pensamientos era eso: un día tirado a la basura. Tal vez por ese motivo se quedó ahí quieta, como helada, escuchando el silencio violento que se elevaba desde el cadáver, rezando, de algún modo, para que no se le ocurriera a la mismísima Muerte personarse ante ella y desvelarle punto por punto el espantoso suceso. No le quedaban ganas a la asistenta de oír más pesares ajenos. Y así, con pasitos sigilosos, caminó hacia atrás y, muy suavemente, cerró la puerta. Se quedó inmóvil unos instantes más, contemplando la madera clara y lisa, con la cabeza desierta de pensamientos. Después se sentó en el tramo de escalera que ascendía a la planta de arriba, junto al ascensor. Dejó la bolsa de tela y su bolso junto a ella, sacó el teléfono móvil y llamó a la policía. 

Cristina Carbajosa se quedó ahí, con un cosquilleo desagradable que notó en los nervios de la espalda y que intentó distraer antes de que la invadiera por entero. Su nariz captó unas notas lejanas de olor a pintura que todavía impregnaba el aire contenido del edificio. Paseó la mirada por el pequeño espacio: tres puertas, tres apartamentos. La puerta que quedaba a su izquierda era tan clara y nueva como la que ocultaba el cuerpo de la mujer. La otra se notaba mucho más vieja, con el color oscurecido por los años. Probablemente habían convertido uno de los dos pisos de la construcción original en dos pequeños apartamentos. Dos estudios. Dos lofts, como solían llamarlos en la agencia de alquiler. 

Es lo que Cristina habría podido hacer con su piso si la niña no lo hubiese dejado con el novio y al hijo le hubiera dado por independizarse. Se habría quedado en uno de ellos, en un pisito más pequeño que le diera menos trabajo, y el otro lo habría alquilado a una parejita. O se habría vuelto al pueblo, como han hecho ya algunos jubilados del bloque, y dejaba los dos pisitos en alquiler, que el hijo no quiere oírle otra vez lo de venderle el piso, que, si por él fuera, hace siglos que se habría largado de Santa Coloma, dice. Y eso la madre lo entiende, porque el chico se defiende bien, que para como están las cosas, nunca le ha faltado trabajo, y no tiene por qué resignarse a quedarse donde no quiere estar. 

¿Cuánto tardará en llegar la policía? Se tocó la muñeca izquierda, bajo la manga. No llevaba reloj. Recordó, creyó recordar, que lo había visto en la mesita de noche, que había hecho el gesto automático de ir a buscarlo después de vestirse, y que allí no estaba. Tal vez se lo había dejado en la tienda en la que estuvo trabajando la tarde anterior. Siempre se lo quita para limpiar. A saber dónde; capaz que se lo lleve alguna clienta. Aunque poca gente entra, la verdad. Debería llamar a casa, a ver si está sobre la cómoda, o en el cuarto de baño. Pero la niña tenía hora en la peluquería, y el hijo estará durmiendo la mona. Casi acababa de llegar a casa cuando ella se levantó; si lo despierta pillará un cabreo de mil demonios. Ya se había enfadado con ella anoche, cuando le sugirió que se preparara un bocadillo. Que no da parte de su sueldo para cenar frío, le advirtió él, con esas llamaradas de ira que despide la voz de su Agustín. ¿Y qué quería que hiciera a esas horas, cuando volvía de limpiar la tienda más allá de las nueve de la noche? 

Pronto iba a tener que echar el cierre la tienda. Eso se lo veía venir Cristina en cuanto supo a qué calle la trasladaban. Creyó la dueña que toda esa ropa de pedrería y brillos, un poco cara para la ciudad, se vendería mejor en una calle elegante. Pero la calle engaña, por más señorial y peatonal que sea, porque la gente prefiere pasar por la otra, la paralela, donde está la entrada del metro. Por más prisa que lleven siempre se les pueden ir los ojos a un escaparate, y la calzada, ancha para como son las calles en Santa Coloma, suele estar desierta de coches. Esto no lo tuvo en cuenta la dueña antes de trasladarse. Ni que los negocios aparecen y desaparecen allí como si fueran golondrinas. No hay uno solo que logre superar el año. 

La dueña de la tienda le hizo pensar en la pobrecita que estaba ahí tendida, oculta detrás de la puerta que le quedaba enfrente. Era así —mucho más flaca la muerta—, una de esas señoras que sabían comerse las gambas con cubierto, de las que pagaban bien la hora de faena, hasta que comenzaron a llegar las filipinas, y todas las que llegaron después. 

Se dio cuenta de que en esa decena de segundos en que estuvo ahí, de pie, había admirado la media melena de la muerta, ese cabello abundante, teñido de tonos miel y trigo, perfectamente alisado. Se notaba cuidado, a pesar, incluso, de los mechones que habían quedado casi cubiertos de la sangre negruzca sobre el falso parqué. Ella había comenzado a perder el suyo. Lo que imaginó un efecto del cambio estacional resultó ser una despoblación sin vuelta atrás. 

Tenía una osamenta fina, y con tantos ángulos que pensó en una madrastra perversa. Había algo en esa muerte que para una mujer de la condición de Cristina Carbajosa adoptaba una significación de equilibrio y orden, aunque no iba a registrarlo en la región del cerebro donde se guardan los pensamientos conscientes y moralmente aceptados. «Para que luego digan que solo matan a las pobres. También a las señoras de bien se las puede matar a palos. Ya verás cuando se entere Merche». 

Merche, la que siempre imponía su tono compungido, la que se había quejado durante todo el trayecto en metro de que la agencia la mandaba siempre a la peor zona de la ciudad. Dos apartamentos le habían asignado esa mañana, donde está todo el puterío, y para que, nada más salir baldada de trabajar, le den un tirón del bolso en cuanto ponga los pies en Las Ramblas. 

Piensa Cristina que a su compañera hasta el roncar le saldrá lloroso. A esa mujer no le bastan sus propias dolencias y penalidades. Necesita apropiarse también del dolor ajeno, como si fuese ese el material con que se recompone y la mantiene en pie, con el que se hace presente en cualquier escenario. Recordó Cristina el día en que asistieron al entierro del hijo de otra compañera. Hijo único, que había sufrido un ataque de epilepsia mientras practicaba escalada en Montserrat. Y lloraba Merche como si fuese otra doliente, tanto, que algún despistado le dio el pésame. No comprendía ella el gusto que experimentan algunas personas al quejarse. Se vio a sí misma contando lo que acababa de sucederle, y se sintió agotada. 

Debería llamar a la agencia, se le ocurrió de pronto, por si la enviaban a limpiar uno de esos apartamentos que le habían encargado a Merche o a otra compañera. No fuera a ser, para colmo, que no quisieran pagarle esas horas. Eso sí que sería un atraco. Aunque no podía asegurar ella cuánto tiempo la iba a retener la policía con sus preguntas. 

A Cristina, el vacío le ocupa ya demasiado espacio en el estómago y en la cabeza. Y el olor de la pintura, insistente más por sugestión que por una presencia real y poderosa, lo acrecienta. 

Miró la bolsa que descansaba junto a los botines de ante falso con tachuelas que le había dado su hija Mireya, cansada de llevarlos, decía; aunque no recordaba la madre habérselos visto puestos más de dos veces, y extrajo el termo. Vertió el café con leche en el vaso que sirve de tapadera y enseguida quedó su sentido del olfato en calma. Había probado tan solo un sorbo, cuando del piso sin reformar salió una mujer con el carrito de la compra. Cristina le calculó cerca de los setenta años, algo más baja que ella. El pelo corto, teñido de un castaño rojizo, y posiblemente arreglado en la peluquería hacía un día, dos como mucho. Era una mujer de aspecto fuerte, aunque mantenía las carnes a raya. Miró a Cristina malhumorada. 

—Y si se le cae el café, ¿qué? ¿Eh? ¿Quién lo limpia? —le recriminó después de llamar al ascensor—. ¿No ve que este suelo lo absorbe todo? 

—Usted quédese tranquila que ya lo limpiaré yo. ¿Quién lo va a limpiar, si no? 

Desapareció la vecina en el ascensor y dejó a la asistenta deprimida, asaltándole el temor de llegar a la edad en que cualquier mujer que manifiesta un carácter fuerte adquiere la apariencia de una arpía. 

Sacó de nuevo el móvil para llamar a la agencia, más por cerrar otra brecha de entrada a las meditaciones melancólicas que por un cumplimiento del deber. Vio entonces la hora en el teléfono: «Hay que ver, cómo es la mente. A cuántas cosas le puede dar vueltas una en menos de cinco minutos».

Puedes leer el segundo capítulo aquí


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