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¿Qué harías tú sin mí? o El peligroso 'síndrome de salvadora'

Por miedo al abandono, por una errónea creencia sobre el significado del amor, por falta de autoestima y por un mal aprendizaje, las personas con complejo de salvadora repiten el mismo guión a lo largo de la vida, un patrón de conducta en el que se ocupan de los demás para no ayudarse a sí mismos. Aunque siempre se está a tiempo de cambiarlo.

¿Qué harías tú sin mí? o El peligroso 'síndrome de salvadora'

Durante los tres años que Esther estuvo junto a Carlos, divorciado con una niña en edad preescolar, no escuchó más que sus lamentos. Aunque hubiera pasado la tarde depilándose, exfoliándose, hidratándose y peleándose con los radicales libres, por más dura que hubiera sido la batalla con el cepillo y el secador, sin dejar de atender la suculenta cena que preparaba, él llegaba deshecho ante la idea de pasar otro fin de semana sin su hija.

Podía haberle mandado callar, desde luego estaba en su derecho, y hacerle ver que si iban a darse un baño aquella noche, no tenía que ser, precisamente, de lágrimas. Pero no tuvo fuerzas, se sentía culpable. Quizá pensaba que si se empleaba a fondo en ayudarle a superar esa fase de duelo llegaría a valorar lo que ella aportaba a su vida, todo cuanto había hecho por él, y serían felices para siempre. Pero ese final no se veía venir por ninguna parte, y así quedó convertida en perpetua consoladora, hasta que se vio sumida en una profunda tristeza. Unos meses después de romper la relación, le encontró paseando con otra joven que le fue presentada como novia. «A mí no me llamó novia en todo el tiempo que estuvimos juntos. Me sentí como si lo hubiera arreglado para que otra mujer lo disfrutara».

La historia de Esther recuerda un cuento sufí, el relato del oso sentado junto al río que, al ver un pez en el fondo, introdujo una pata y lo sacó al exterior. «¿Qué haces?», le preguntó el pez. «Te estoy salvando de morir ahogado».

Con la pareja, con los amigos, con los compañeros de piso, con la familia... hay personas que, como el oso, tienen una fuerte necesidad de sentirse necesitadas y eso las conduce a querer ejercer de salvadoras de los más cercanos, dando lugar a relaciones desequilibradas porque alientan en la pareja conductas inmaduras, como la llantina de Carlos, y cuando son ellas quienes necesitan ayuda, no la saben pedir, no encuentran apoyo, carecen de recursos propios o ni siquiera advierten cuál es su situación. Se encuentran incapaces de intercambiar los roles; a los que la rodean les coge desprevenidos y sin práctica para poner el hombro, sobre todo si los demás tienen la tendencia contraria: a desempeñar el papel de víctima.

Y también a los narcisistas —el victimismo es una manera de narcisismo—, por ello, algunos especialistas comienzan a llamarle ‘síndrome de Eco’, inspirados por la triste historia mitológica de la ninfa enamorada de Narciso, que siempre estaba ensimismado, centrado en sí mismo y ajeno a todo lo demás. Eco había sido condenada a repetir las últimas frases que escuchara, por lo que jamás pudo expresar sus propios sentimientos, como suelen sucederles a las personas que atienden en exceso a los conflictos de los demás y desatienden los propios.

La huida de los sentimientos propios

Una persona con necesidad de salvar tiende a alejarse de la gente libre e independiente —habitualmente estas parejas le producen aburrimiento, enojo o ansiedad— y se arrimarán a quien busca sentirse protegido, y, en algunos casos, a quienes padecen algún tipo de adicción. Estos últimos son aquellos que padecen este síndrome en su grado más alto. De hecho, el término ‘coalcohólica’ se acuñó tras el desarrollo de los grupos de Alcohólicos Anónimos, cuando las esposas de éstos descubrieron que compartían el mismo tipo de problemas y pasaron por un fenómeno similar al de sus maridos. Más adelante comenzó a utilizarse el de ‘codependiente’ y también ‘coadicto/a’. Son los que sufren este padecimiento en el grado más alto.

Mónica, de 36 años, se casó con un ludópata antes de cumplir los 20. Daba por hecho que él cambiaría cuando se convirtiera en su marido. Puesto que no fue así, esperó que lo hiciera cuando le anunció que iban a tener un hijo. En lugar de cuidar al bebé cuando acababa su jornada laboral, Mónica acompañaba a su marido que trabajaba como transportista, para evitar que continuara gastándose el sustento de la familia y el dinero que recaudaba en las entregas de mercancía en las máquinas tragaperras, dejando al niño en casa de sus padres: «Sólo después de separarme y cuando superé mis sentimientos de culpa por haberlo hecho, me di cuenta de que era mi hijo quien necesitaba mi protección, y no un adulto que tenía que solucionar sus problemas por sí mismo y que jamás aceptó mi consejo de que buscara ayuda en organizaciones especializadas». Mónica, como muchos otros codependientes, «ven su parte frágil en el otro y no en sí mismos», explica Marian Ponte, psicóloga clínica. «Estas personas no suelen pararse para reconocer sus propios sentimientos, su malestar, sino que huyen de sí mismos centrándose en el otro, a quien tratan como si fuera un ser indefenso».

Pero no son únicamente mujeres las que quieren de este modo, protagonistas del libro superventas de Robin Norwood o el de la psicóloga Mar Montilla, Me separé aunque le amaba demasiado (publicado en Amazon). Pilar y Manuel llevaban algunos años de matrimonio cuando acudieron a la consulta de un sexólogo. Desde hacía un tiempo ella le evitaba, sentía un profundo rechazo. Llegó un momento en que su olfato percibía la excitación en la piel de él y tuvieron que dormir en habitaciones separadas. Tras comenzar la terapia descubrieron en algún lugar oculto de la memoria de Pilar, que había padecido abusos durante la infancia. Manuel colaboró con paciencia en su recuperación, aceptó la situación y le ofreció un total y absoluto apoyo. Cuando por fin lo superó, ella se enamoró de otro hombre y rompió su matrimonio.

Fotografía de Alex Stoddard

Miedo al abandono

¿Qué empuja a la persona ‘salvadora’ a actuar así? A menudo es el miedo al abandono, un impulso por agradar a todos y también un aprendizaje desde la infancia a ser excesivamente complaciente en espera de que la quieran, como si no pudiera expresar su amor y sus deseos de otro modo que el autosacrificio o tuviera que demostrar constantemente que es digna de ser amada. No siempre porque se hayan padecido carencias afectivas, también la sobreprotección deja al individuo sin recursos para autoprotegerse. Por ello tienen que aprender un nuevo modo de relacionarse con el mundo, y permitirse que la vean tal como es, aceptándola con sus cualidades, las positivas y las menos buenas.

En muchos casos se trata de hijas de padres con adicciones, que al ser ayudados por ella se han acostumbrado a recibir un reconocimiento por parte de su entorno: «Qué chica más buena es». El problema es que al hacerse adulta continuará buscando a personas adictas o problemáticas con las que establecer esa relación de dependencia, alguien a quien intentará controlar, del mismo modo que el adicto trata de controlar su droga, para recibir de esta persona lo que ella necesita. Una tarea imposible.

Hay que añadir que en nuestra cultura no nos enseñan a expresar los sentimientos negativos, sino a ocultarlos, y que por tradición religiosa se sublima el sacrificio. Los psicólogos y la sociedad en su conjunto tienen que hacer un gran esfuerzo para combatir estos malos aprendizajes según los cuales amar a otro significa sacrificar su vida por él, entregar sin esperar nada a cambio. Estos conflictos de pareja generan un juego interminable, porque quien juega a ser la víctima no desea, en el fondo, que le salven, y el salvador no abandona su papel. Cada uno de ellos no sabe interpretar otra figura ni cambiar el guión de sus vidas. Aunque el que va de salvador puede adoptar el papel de víctima si utiliza la manipulación para pedir, puesto que no sabe hacerlo de otro modo.

Sin embargo, para cambiar el guión de una vida no siempre es necesario romper las relaciones actuales. También puede construirse nuevos modelos que cambien el vínculo, que cada uno aprenda a aceptar sus propios sentimientos y el del otro, lo que dará lugar a una comunicación auténtica e íntima.

Rodeada de vampiros emocionales

El papel de salvador no se desempeña exclusivamente con la pareja. La persona con este síndrome suele establecer relaciones de amistad en los que se interpreta roles similares. Ruth, directora de un colegio de primaria, de 48 años, rompió una antigua amistad con una de sus compañeras de trabajo: «Ella se había separado y durante meses no hice más que escucharla. De pronto, se me vinieron encima un montón de problemas: la demencia senil de mi abuela, mi padre con diagnóstico de cáncer... y cuando quise desahogarme me soltó que lo mío no era tan grave».

Es habitual que personas como Ruth —excesivamente complaciente, buena oyente y empática— atraigan a vampiros emocionales. Algunos de estos individuos son ‘falsos salvadores’, se quejan continuamente de que siempre están ahí para atender a los demás y que ellos nunca tienen quien les ayude, y en ese reproche radica su actitud victimista, hasta el extremos de no tolerar que existan situaciones peores que la suya. «Aunque suene muy fuerte, casi diría que sienten envidia de los males ajenos», añade Ruth.

Los comportamientos victimistas y manipuladores de la pareja y los amigos pueden disculparse durante años y encontrar justificaciones de todo tipo: una infeliz infancia, no lo hace conscientemente, es consecuencia de un momento de desequilibrio psicológico..., el que tiene complejo de salvador también se convierte en psicoterapeuta, aunque carezca de recursos para ayudarse a sí mismos y termine sumido en una fuerte depresión. Como Ruth, que acabó con hipertensión, muchos otros se sienten perjudicados en su bienestar y su salud a causa de estas relaciones nocivas, y a pesar de ello cuesta ponerles fin.

¿Qué impide romper esos vínculos? En un principio, se niegan a sí mismos que tienen un problema o se mentalizan de que este no es tan grave, les avergüenza pedir ayuda y suele ser el cuerpo quien se revela: contracturas musculares, trastornos digestivos, dolores de todo tipo, cansancio... Una vez que se reconoce surge el miedo —pánico, más bien— a cambiar el patrón de conducta. ¿Cómo abandonar el papel que se ha desempeñado toda la vida? ¿Si dejo de ser salvadora, qué voy a ser ahora? Quien ha pasado años intentando que el otro cambie es, quizá, a quien más le aterra la idea de cambiar su propia forma de caminar por la vida. «Si el individuo ve una imagen dos mil veces repetidas, el cerebro lo interpreta como ‘lo normal’. Eso es lo que sucede con los modelos de relaciones que aprendemos desde niños», explica Ponte.

Por ello, si no se pone remedio, y aunque se rompa la relación, se corre el riesgo de repetir el modelo con otras personas.

Controlándolo todo

El hábito de salvar puede esconder, además, un intento de dominar al otro, especialmente cuando la persona que va de salvadora quiere imponer su modo de solucionar los conflictos. Se hace responsables del problema del otro, como si fuera una criatura incapaz de valerse por sí misma, que tiene que ser hipervigilado y controlado, y de esta forma no se responsabiliza de su propio bienestar. Ocupándose de los demás se niega las atenciones que ella necesita y que podría proporcionarse, sin esperar que sean los demás quienes le vean como aquel ser sacrificado e imprescindible. Con la pareja intenta forjar vínculos de dependencia —«no sé qué sería de ti sin mí»— y en algunos trabajos de equipo pretende crearse una imagen de persona imprescindible —«si no lo hago yo, no lo hace nadie», «para que todo salga bien, tiene que hacerlo una misma»—. Cada cual ha de entender que existen tantas perspectivas sobre un asunto como personas.

Algunas de estas personas pueden canalizar su necesidad colaborando en organizaciones de solidaridad, aunque se trate de una manera de huir de sí mismos. No obstante, hay voluntarios que resultan ineficaces. Son aquellos que llegan con un activismo acelerado, que cuestionan el método de quienes dirigen el proyecto para imponer el suyo, o que creen conocer mejor las necesidades de la comunidad en la que intentan ser solidarios que los mismos miembros de esa población. Vicki Sherpa, fundadora de Vicki Sherpa Eduqual, escribía en Una maestra en Kanmandú que «para un europeo no acostumbrado a una realidad social tan distinta a la suya, le es difícil dejar de lado una actitud paternalista y disimular una posición de una cierta superioridad. Algunos no entienden que un cooperante debe tener la suficiente humildad como para responder a las necesidades reales y las demandas del país receptor de la ayuda, olvidando sus propios esquemas sobre ‘lo que debería ser’ desde la perspectiva del mundo occidental». En definitiva, dejar de salvar a peces de morir ahogados.

(Este artículo fue publicado en el Magazine de La Vanguardia coincidiendo con la aparición de mi novela COMO LA SEDA, cuya protagonista es víctima de su complejo de salvadora y que ahora está en OFERTA en edición Kindle aquí. También la encuentras en todos los formatos digitales en este enlace).

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