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Carta a una amiga triste

Aquí os dejo otro de los relatos que fueron reunidos y publicados bajo el título Encuentros en una agencia matrimonial. También inspirada en una de las personas que encontraron pareja en la agencia SamSara. 

relato Carta a una amiga triste de Sonsoles Fuentes

Carta a una amiga triste

Querida Antonia:

¡Qué alegría recibir tu carta! Hacía mucho que no sabía nada de ti y te echaba de menos. Aunque me apena saber de tus sentimientos de soledad y tristeza. No pareces tú, tan animada como has estado siempre y tan segura de ti misma. Creí que tu regreso a Chile te sentaría bien, ¡estabas tan entusiasmada! Pero quizá no tenga nada que ver con el país en el que vives. Puede que te sintieras igual de sola aquí, con tus amigos. Al fin y al cabo, también allá tienes muchos seres queridos: tu familia, tus amistades de siempre...

Te veo muy interesada en mi relación con Franc y en el funcionamiento de la agencia. ¿Acaso estás planteándote acudir a una? Si es así, te animo a ello, pero siempre que tengas en cuenta aquello que siempre me dije a mí misma: «Todo le llega al que sabe esperar».

Te lo digo, porque a partir de ciertas edades aparecen dificultades para encontrar pareja. Bueno, qué te voy a contar a ti que ya no sepas sobre este asunto. ¡Cuántas noches regresamos a nuestras casas deprimidas, después de pasear por discotecas y salas de baile! Nunca te lo dije, pero muchas de esas noches las pasé llorando. Creía que los días se volatizaban, que desaparecían sin dejar rastro, como arena entre las manos cuando reciben un golpe de viento.

Tú siempre lo viviste de otro modo, y me extraña encontrarte así, necesitada de cariño. Cuando te separaste decías que no querías ver un hombre cerca ni en fotografía, que tus inquietudes eran otras, y que en ellas te volcarías. También decías que un hombre de nuestra edad solo buscaba a una tonta que le lavara los calzoncillos y le pusiera el plato caliente en la mesa, que preferías los rollos de fin de semana, el «aquí te pillo, aquí te mato».

Si me vieras, Antonia, seguro que fruncirías el ceño. Me he vuelto toda una marujona. Pero soy completamente feliz. Bueno, salvo por mi hija, que es mi tormento, ya lo sabes. Los genes de su padre pueden mucho y, como dijeron todos los médicos y psicólogos que la han visto, solo la medicación puede hacer algo por ella. Aunque está más apaciguada ahora, que vive por su cuenta y tiene una pareja que la sabe manejar.

En fin, a lo que iba. Que sí, amiga mía, que ya sé que podría tener otras inquietudes, pero yo creía que la vida me debía una, que me había engañado, y que merecía otra oportunidad.

Yo fui hija del miedo. Mis padres perdieron un hijo con siete meses, y cuando nací yo, se volcaron en una sobreprotección que no me hizo ningún bien. El internado de monjas en el que me metieron hizo el resto. Y cuando conocí al que fue mi marido creí haber encontrado una tabla de salvación con la que huir de aquella sensación de aprisionamiento con la que vivía.

relato Carta a una amiga triste de Sonsoles Fuentes
Fotografía de Beth Ava
Te comento todo esto porque no puedo desligar mis sentimientos hacia Franc de lo que fueron mis 30 años de matrimonio junto a mi ex marido. No quise escuchar lo que me decía todo el mundo cuando me ennovié con él. Aunque mis amigas solo tenían en cuenta la diferencia de edad. En realidad, el problema no eran los catorce años que nos separaban, sino sus desequilibrios. 

Tardé en darme cuenta de que me había casado con un enfermo. Yo no podía entender a qué se debían aquellos accesos de agresividad y furia: hiciera lo que hiciese, todo estaba mal. Se excitaba con cualquier nimiedad. Gracias a Dios, nunca me puso la mano encima. Pero tenía la sensación de que era yo la que enloquecía a su lado. Cuando nació mi hija y noté los primeros indicios de esa tendencia a enfurecerse por nada, la llevé asustada al médico. Después de años de tratamiento determinaron que se trataba de algo genético.

Quise morirme.

Duele descubrir que te has casado con la persona equivocada, pero cuando el problema surge con un hijo... Eso te destruye.

Pero tú me preguntabas por el amor. Eso, mi querida amiga, no lo he descubierto hasta ahora. Con mi ex solo compartí 29 años vacíos de contenido. Él se fijó en mi juventud, se dedicó a exhibirme como si fuera un trofeo, a presumir de haberse apropiado de una jovencita. Ese era todo su afán: presumir de todo lo que podía, de cochazos, joyas, y ganar dinero.

Intenté salir de aquella cárcel, no de oro, pero de cierto nivel económico. Fueron muchos los motivos que lo impidieron. Especialmente, la falta de apoyo de mi familia. Ya te había hablado alguna vez de lo autoritario que ha sido siempre mi padre. Un militar chapado a la antigua que no podía admitir que me divorciara.

Me parece que ahora se arrepiente, que se da cuenta de la cruda realidad. Quiere ayudarme económicamente, porque mi ex marido sigue presumiendo de dinero, pero a mí apenas me pasa nada de pensión. De todos modos, tampoco quiero reprochar a mi padre lo que hizo o no hizo entonces. Ahora que tiene ochenta y dos años nos llevamos mejor que nunca.

Mientras estuve casada procuré llenar mi vida aprendiendo, estudiando y con el voluntariado. Volcarme en la ayuda a los demás me hizo mucho bien. En el fondo, me ayudaba a mí misma más que a nadie.

Pero nada de eso impidió que tocara fondo. Si continuaba compartiendo techo con él, mi autoestima se destrozaría del todo. Así que saqué valor de donde pude para plantearle la separación. Para mi sorpresa, él también había pensado en ello. Eso me hizo sospechar que tenía a alguien esperándole, y, aunque no lo quería, comprenderás que algo así suponía un nuevo mazazo para mi ya maltrecho amor propio.

En ese estado y con esos ánimos llegué a la asociación de separadas en la que nos conocimos, o sea, hundida.

¿Recuerdas lo que me decías cuando supiste que me había apuntado en una agencia matrimonial? Que el amor no se busca, sino que se encuentra. Siempre estuve de acuerdo contigo, pero para encontrarlo, no estaba de más pedir un poco de ayuda, y esa ayuda me la ofreció Samsara.

Tardé un tiempo en encontrar a Franc. Quedé con algunos hombres a quienes les gustaba presumir de lo que eran, de lo que tenían, de lo que habían conseguido. Personajes que me recordaban peligrosamente a mi ex marido. Quizá no tenían nada que ver con él, pero en cuanto se ponían a hablar de dinero y lujos, yo me asustaba. Después, transcurrió un período de tiempo durante el cual no aparecía un solo hombre. «En estos momentos no tenemos a nadie adecuado», me decían. Y yo repetía esa frase que te comentaba al principio: «Todo le llega al que sabe esperar».

Esperé y conocí a mi Franc.

Puede que otra mujer, con experiencias diferentes a las mías, no viera en él lo que yo descubrí, lo mucho que me ofrece. Por eso digo que no puedo desligar esta historia de mi matrimonio anterior. Porque los años no pasan en balde, aunque hayan sido duras vivencias, no he perdido el tiempo. Eso es lo que te ayuda a crecer como persona y a valorar este regalo, esta nueva oportunidad de amar y ser amada con intensidad. ¿Quién sabe? Tal vez si no hubiera sido tan desgraciada, me hubiera perdido lo que ahora tengo. No sabría apreciarlo.

Franc apareció el primer día aferrado a su cámara fotográfica. Esa había sido su única novia hasta que me conoció, y se presentó con ella como una seña de identificación en nuestra cita a ciegas. 

Es extremadamente tímido y parco en palabras, pero me dijo: «Soy lo que ves, no tengo más que ofrecer». Y eso me encantó, que no presumiera ni se vanagloriara de nada. Él se había encontrado con mujeres de nuestra edad que buscaban hombres adinerados, que pudieran llevarlas a buenos restaurantes o a realizar viajes exóticos. Yo creo que un hombre así busca a mujeres más jóvenes a las que consiga hipnotizar con el brillo de la ostentación y el despilfarro.

El primer día comenzamos a hablar de fotografía. Por ahí comencé a abrir esta caja de sorpresas que es mi Franc. En realidad, se puede conversar con él de lo que quieras. Es instruido y autodidacta. Él me ha enseñado mucho, me he aficionado también a la fotografía, pero sobre todo, he aprendido que una persona con su mirada, con su capacidad para descubrir la belleza que esconde el objeto más simple, es de una inmensa sensibilidad. 

A veces, después de un largo rato en silencio, le digo: «Sé que estás aquí porque te veo, pero desde luego, no porque escuche tu voz». Entonces me comenta las fotos que ha hecho esa mañana en el parque Güell. Podría ir cuarenta veces y las cuarenta volvería con fotos completamente distintas.

Te decía que disfruto con el marujeo. Dicen que una mujer enamorada se recrea decorando su casa. Me parece que eso es lo que me ocurre a mí.

He sido, soy y me siento más mujer en estos dos años que estoy con él, que en toda mi vida. Sí, puedes pensar también en las relaciones sexuales. ¡Vaya cambio!

Él me ha aportado una tranquilidad y una paz interior infinitas. Hemos aprendido a aceptarnos el uno al otro tal como somos, sin intención de cambiarnos. Sé que otra mujer lo encontraría soso o insípido. Pero te repito que fueron mis años de matrimonio los que me han enseñado a apreciarle y a quererle como le quiero.

Te cuento una anécdota: me enteré de que mi ex marido se había apuntado en la misma agencia que yo y fui a comentárselo a la propietaria. Se quedó de piedra, porque, según ella, nada tenemos que ver el uno con el otro, jamás se le hubiera ocurrido emparejarnos. 

En fin, Antonia, espero que toda esta información te sirva de algo. Si intentas informarte de las agencias que hay por allá, procura asegurarte tan solo de que se trata de un lugar serio. Como sucede con todos los negocios, también hay quien monta una agencia matrimonial sin saber lo que hace. Pero seguro que darás con buenos profesionales que puedan ayudarte a encontrar —que no buscar— ese amor que te mereces.

Escríbeme pronto. Te echo de menos.

Besos,

Magdalena

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