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La leyenda de Sant Jordi y el amor dependiente

El 23 de abril, Día Internacional del Libro coincide con la celebración de San Jorge y una leyenda que ensalza la figura del ‘salvador’, tan dañina para las relaciones amorosas.


La leyenda de Sant Jordi y las relaciones de dependencia emocional

La leyenda de Sant Jordi y la dependencia emocional

No me gusta la leyenda de Sant Jordi. No me gustan los caballeros que usan la espada, los que matan, para salvar a las doncellas.

Ah, que no sabes de qué hablo.

Entonces no vives en Cataluña, está claro. Ni en la Capadocia, que es de donde procede, al parecer, el caballero Jorge y su leyenda.

Despotricar en Cataluña contra la leyenda de Sant Jordi es cometer un sacrilegio, pero es que a la figura del ‘salvador’ le tengo un poco de alergia. Asunto, el de ese complejo que padecen también tantísimas mujeres, del que ya hablé en el artículo ¿Qué harías tú sin mí? o El peligroso síndrome de ‘salvadora’ y que inspiró la novela Como la seda.

Para colmo, el día de Sant Jordi coincide con la celebración en todo el mundo del Día del Libro, por lo cual, al hecho de vivir desde bien chiquita en Cataluña, hay que sumar que como escritora debería sentir algún afecto por la leyenda.

Verás te cuento de qué va, así, muy resumida. La leyenda de San Jorge narra la historia de un reino, o de la Conca de Barberà, o de Montblanc o de la región de la Capadocia… de un reino (lo siento, no se ponen de acuerdo y no lo voy a decidir yo) que fue aterrorizado por un dragón que se comía los animales.

Los vecinos, viendo peligrar su medio de subsistencia, decidieron sortear a sus doncellas para ofrecérselas a la bestia. Y después de que el dragón se fuera comiendo a las jóvenes de todas las familias, el pueblo presionó al rey para que incluyera a su hija en el sorteo.

Un día, la princesa tuvo la mala suerte de ser elegida. Pero antes de que el dragón la devorara, el caballero Sant Jordi apareció sobre su caballo blanco y atravesó a la bestia con su espada (las infantas siempre se salvan, qué cosas).

De la sangre que derramó el cuerpo sin vida del dragón, brotó un rosal, una rosa por cada una de las vidas arrebatadas. De ahí que ese día, que para los catalanes es el de los enamorados, los hombres regalen una rosa a sus parejas. Y por ser el Día del Libro, ellas regalan a ellos un libro (¿no habíamos quedado en que las mujeres leían más que los hombres?).

Por supuesto, la princesa se casó con el caballero que la había salvado.

3 razones por las que no me gusta la leyenda de Sant Jordi

1. Las doncellas son las sacrificadas. No en todas las versiones de la leyenda, porque en algunas se refieren a ‘personas’ sin especificar, pero si echamos un vistazo en la red a leyendas como la de San Jorge, que no solo es popular en las tierras catalanas, nos encontraremos que suelen ser las mujeres que no están casadas las enviadas al sacrificio. ¿Por qué? Porque no son madres, no tienen la responsabilidad de criar a los niños, y, por tanto, se les da menos valor. 

O bien, se valora la virginidad, y en lugar de ser asesinadas, en otras leyendas e historias de la antiguedad, se entregaban en matrimonio.

2. El uso de la espada. Puestos a pensar en una historia en la que salven a mujeres, yo me quedo con Las mil y una noches, donde Sherezade, en lugar de hacer uso de un arma con que matar a aquel sultán celoso y vengativo, utilizó la palabra, el relato, la literatura para luchar por su vida. ¿Qué mejor figura legendaria para celebrar el Día del Libro?

Por cierto, el 23 de abril es también el Día Internacional del Libro porque en torno a esta fecha fallecieron dos grandes de la Literatura: Shakespeare y Cervantes; y también Garcilaso de la Vega.

3. El mito del ‘salvador’. Creo que los cuentos del caballero que salva a la doncella es uno de los más dañinos para la construcción del ideal amoroso. Esperar que tu pareja te salve, o que por salvar al otro tengas su amor como recompensa, crea relaciones de dependencia. Volviendo a la inspiradora Sherezade, más vale que nos salvemos a nosotros mismos, y amemos libremente, no por pagar una deuda.

Como mi manía a la figura de San Jorge viene de lejos, un día se me ocurrió cambiar el cuento. Tomé nota en un par de folios y los metí en ese cajón que todos los escritores tenemos, un cajón lleno de ideas, proyectos, estructuras de tramas y manuscritos a medio escribir con la intención retomarlos alguna vez.

La figura del salvador y el amor dependiente

Un cuento de San Jorge diferente

Un tiempo después, cuando escribía Alas negras y chocolate amargo, me acordé de aquellos apuntes, y mi versión de la leyenda de San Jorge resucitó en las páginas de la novela cuando Fani la cuenta en voz alta para recordársela a su hermana Carol.

Aquí la dejo, a modo de regalo y de celebración del Día Internacional del Libro:

«Un bateau cargado de turistas que saludaban a los paseantes llenó el vacío de otro silencio.

—¿Sabes de qué me acordaba esta tarde, cuando iba hacia el Café? —se me soltó la lengua al fin. Ella se encogió de hombros—. De un cuento que te inventaste sobre Sant Jordi.

—No recuerdo.

—Me contaste que la leyenda era una gran mentira. Que la historia verdadera es que el Dragón no era un monstruo maligno, que el monstruo era el señor del reino, que tenía esclavizados a los niños de los vasallos, sometidos a durísimos trabajos, y que el dragón se los llevaba de allí para liberarlos de su esclavitud. El rey hizo correr la voz por todo el mundo de que un dragón robaba a las criaturas de su reino y las devoraba. Entonces, el caballero Jorge, cayendo en el engaño, apareció en el reino y dio muerte al dragón. De ese modo, el señor de ese reino y sus herederos han seguido esclavizando a los niños por los siglos de los siglos.

—¡Qué horror! ¿Cómo pude ser tan cruel? Es una historia desoladora hasta para un adulto.

—Qué va. Tiene una segunda parte genial. En una gruta que se halla bajo el monte que ocupa el Parque Güell, unas niñas descubren a los niños esclavos, que fabrican joyas con sus pequeños dedos, y también dan con la manera de despertar al dragón, que en realidad no había muerto, sino que, cuando el santo le hincó la espada, ambos habían quedado convertidos en estatuas de piedra. Al final, los niños esclavos escapaban a lomos del dragón alado. ¿Sabes por dónde? —Carol negó con la cabeza aguantándose la risa—. La escultura del dragón que hay en medio de la escalinata del parque se levantaba accionando una palanca que hay en el interior, y por ahí salieron volando.

—Y supongo que nosotras éramos las heroínas...

—¡Por supuesto! Si una se pone a inventar cuentos es para salir más lista en ellos de lo que en realidad es, ¿no? Para lo demás, ya tenemos esta vida de mierda.

—Más listas y más valientes. Sobre todo más valientes...

Escudriñé en sus ojos, otra vez intentando ver la verdad bajo el velo, otra vez sin atreverme a quitárselo.

—Papá decía que, para los chinos, el dragón es un ser benefactor, protector de los niños —dijo, incorporándose—. Quizás me vino de ahí la idea.

Yo también me levanté y echamos a andar.

—Carol, siento mucho no haber estado contigo en el entierro. Es que acababa de llegar aquí...

—¡Anda! —sacudió una mano en el aire y se le escapó una risilla, después rodeó mis hombros con el brazo para cubrirme con parte de su estola—. Olvida las tonterías de mamá, siempre tan preocupada por los formalismos. No te lo he tenido en cuenta en absoluto.

Paramos un taxi y la vi alejarse en él mientras pensaba en los dragones, en los caballeros engañados y en los tíos guaperas, en los chuletas.»


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descargar Alas negras y chocolate amargo de Sonsoles Fuentes

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