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Fantasías eróticas en el harén


Desde hace siglos Oriente ha inspirado a los hombres fantasías eróticas en un harén imaginado. Ahora también las mujeres son capaces de fantasear con el sexo en grupo.

Las fantasías sexuales imaginadas en un harén y la práctica del sexo en grupo

Fantasías en el harén: sexo en grupo

Durante siglos, los artistas de Occidente como Rafael, Ingres, Delacroix, Gérôme, Matisse o Picasso expresaron en el lienzo su visión de la mujer en el harén aunque jamás pusieron un pie uno de esos “recintos sagrados”. Unas representaciones que tienen mucho más que ver con las fantasías masculinas y sus propios cánones estéticos que con la realidad. Es curioso que Las mil y una noches sirviera de inspiración a estos maestros de arte, pues en esos relatos la mujer no suele aparecer como un ser sexualmente pasivo, sino que, en cuanto el sultán abandonaba el palacio, su esposa y las concubinas se lanzaban al cuello de los sirvientes como si unas tigresas las poseyeran. 

También en sus fantasías sexuales las mujeres actuales han aceptado las invenciones más transgresoras de sus mentes sin conflictos internos aparentes ni sentimientos de culpabilidad.

Así explica su fantasía erótica una trabajadora social de 23 años:

«Siempre he tenido una fantasía sexual que nunca he contado a nadie. Explico: 

Mi pareja y yo (actualmente no tengo novio) realizamos un viaje a un país exótico, visitamos el lugar, nos ofrecen los mejores manjares, y nos invitan a una fiesta nocturna. 

Nos llevan a un local tipo árabe, donde prevalece la comida y la bebida. El ambiente es cálido, está iluminado por velas y antorchas, la gente está sentada y medio echada en una especie de triclinium, de fondo suena una agradable música como de arpa o liras. Vienen dos grupos de hombres y mujeres y se llevan a mi novio, nos dan de beber un líquido extraño que despierta el deseo sexual. Nos colocan en una habitación amplia, en dos camas, una enfrente de la otra, y ambos grupos de chicos y chicas, mezclados, comienzan a hacernos caricias y juegos sexuales, nos quitan la ropa, tomamos más de ese brebaje,... cuando ya estamos completamente excitados, nos llevan a una habitación donde hay una cama muy grande, adornada con velas y la misma música de antes. Todos se quedan detrás de unos grandes ventanales, observando cómo mi chico y yo hacemos el amor incansablemente».
La pequeña bañista,
obra de Ingres

Fantasías femeninas: de objeto a sujeto sexual

El sexo en grupo no es solamente una fantasía masculina. No sabemos si se trata de una respuesta actual contra el estereotipo de la mujer decente, dulce y virginal que se ajustaba a los dictados de la sociedad, o si ya nuestras abuelas escondían tales pensamientos impuros mientras presumían de su castidad mental. O tal vez, esas experiencias soñadas brotan de nuestra memoria genética, que tiende un puente con la larga época prehistórica del matriarcado, pues durante la mayor parte del periodo que el ser humano lleva caminando sobre la Tierra el sexo dominante fue el de la mujer.

Todavía ahora hay rincones del mundo donde las mujeres pueden tener más de un marido. Se trata de una estructura familiar llamada “poliandria”, una costumbre mucho más frecuente en sociedades ancestrales y que está en vías de extinción, aunque sobrevive en algunos poblados esquimales, y en pequeños enclaves de la India, el Tibet, Nigeria, Australia, Filipinas, la Amazonia… Incluso en la Arabia preislámica se practicaba la poliandria, y cuando una mujer se quedaba embarazada, elegía cuál de los maridos sería el padre.

Sí, las mujeres han tenido sus harenes y también han disfrutado de una libertad sexual plena y organizada con un estilo de civilización muy diferente al nuestro, aunque civilización, al fin y al cabo.

Pero olvidémonos de estructuras familiares, porque no son uniones conyugales, ni convivencia estable con varios hombres lo que suelen imaginar las mujeres cuando se ponen a fantasear. Es el sexo puro lo que les excita, el encuentro al mismo tiempo y en el mismo lugar con más de dos varones.
El harén según lo imaginó 
Jean-León Gérôme

De la fantasía sexual a la práctica

En su obra, ya clásica, El placer de amar, el doctor Alex Comfort escribió con entusiasmo sobre unos centros donde se experimentaba la sexualidad abierta en la época más hippie de la historia reciente. Se trataba de lugares de encuentros de matrimonios y personas solteras con acompañante que asistían a cursillos y talleres para replantearse los modelos de sexualidad aceptados por la sociedad y, digamos, “ampliar horizontes”, destruir las barreras de los celos y probar los beneficios de hacer el amor en compañía sin temor a que los demás desaprueben su conducta. Las mujeres aprendían a ser sinceras, a decir «no» cuando se les acercaba un varón y no deseaban mantener relaciones con él o no les apetecían en ese momento. Y ellos aprendían a no interpretar la negativa como un rechazo o un desdén, a aceptar su derecho a escoger sin sentirse heridos o con la autoestima maltrecha. 

Sandstone, una finca rural de California, fue el centro más famoso. Se cuenta que algún hombre arrastraba a su mujer hasta allí, dispuesto a pasárselo bien y que, al comprobar que ella se entusiasmaba e incorporaba al grupo, pretendía que se marcharan de inmediato, a lo que la esposa se negaba, por supuesto. 

Los patrones tradicionales otorgan al hombre la atracción por la sexualidad abierta y construyen dos imágenes femeninas contrapuestas: la virgen y la puta. ¿Hasta qué punto siguen vigentes? Entre los más jóvenes se ha popularizado un término para las mujeres que se sienten libres de vivir el sexo a su manera: «guarras». Sin embargo, y a pesar de lo que parece, no siempre se utiliza con intenciones peyorativas, sino que definen a las que gustan de mostrarse activas en la cama. Ellas, por su parte, valoran positivamente el control de su propia sexualidad (después de dejar que los varones desempeñen el papel de iniciador y maestro) y la liberación de imposiciones sociales con las que ya no comulgan, pero todavía subsiste el temor a perder el respeto de los hombres y de las demás mujeres
Fotografía de Shadi Ghadirian

La mayoría de las mujeres no desean hacer realidad sus fantasías con un grupo de hombres, pero hay algunas dispuestas a ello. Para esas aventureras algunos locales de ocio sexual organizan los gangbangs, expresión que utilizan los anglosajones para referirse a la experiencia erótica de una mujer con unos cuantos varones.

La mujer es el centro en el gangbang, la protagonista absoluta. Los hombres están a su servicio. En el gangbang, la mujer que contrata el servicio acuerda con el organizador lo que desea que suceda, y podrá rechazar a un hombre que no sea de su agrado. También acuerda cuántos hombres van a participar (casi ninguna desea que haya más de tres o cuatro), si lo harán conjuntamente o de uno en uno, qué tipo de atenciones le gustaría recibir, si emplearán juguetes, disfraces, productos eróticos...

Sin embargo, ese deseo de adentrarse en rincones donde aguardan placeres desconocidos choca con lo que nos dicta la intuición: que en el momento en que los conozcamos puede que no sean tan placenteros. Fantaseamos continuamente con la trasgresión, con cruzar el umbral de lo que nos prohibimos en la realidad. Y nos lo prohibimos no siempre por razones morales, sino porque sólo nos satisface, nos divierte, nos excita mientras se mantiene entre los muros de la imaginación.

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