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Esta escritora quiere aprender a envejecer y ser actriz

Que le den un premio Goya a la mejor actriz revelación a una mujer de más de 80 años da mucha esperanza. Al menos a mí.

Esta escritora quiere aprender a envejecer y comenzar una carrera como actriz cuando sea mayor

Hace unos años, en una Fiesta de Sant Jordi en la que firmé el último libro que había publicado sobre fantasías eróticas, la editorial reunió a algunos de sus autores para comer en el restaurante Casa Leopoldo. No sé cómo acabamos hablando de fantasías. Y yo comentaba que hay fantasías que casi todos tenemos. ¿Quién no se ha imaginado esa escena en la que asciendes por la escalera a recibir un Oscar? ¿Quién no ha imaginado qué discurso soltaría? 

El periodista y escritor Pepe Rodríguez me decía que no, que él jamás había tenido esa fantasía. 

«¿Y recibiendo el Nobel?», le pregunté. Ah, hizo esa mueca de media sonrisa que contiene un «sí». 

Yo he cambiado de vestido muchas veces para protagonizar ese momento en que imagino cómo subo las escaleras para recoger la estatuilla. En los años púberes, al mismo tiempo que me emocionaba con las novelas que leía y crecía en mí el deseo de ser escritora, me aficionaba al cine. Y también me tentaba la idea de escribir guiones. De hecho, hice algunos cursos sobre guion. 

Durante un par de décadas, en mi fantasía, yo era la nueva Mankiewicz y el Oscar que me concedían siempre era el otorgado al mejor guion. 

Pero con el paso del tiempo me descubro soñando despierta con la posibilidad de interpretar un papel, con dar vida a un personaje. Con ceder mi rostro para recrear sus gestos y ponerle voz. 

O puede que mi lado exhibicionista haya decidido presentarse ante mí: «Hola que tal, tú no sabías de mi existencia, porque te empeñaste en encerrarme en la mazmorra de tus complejos. Pero he roto el candado, y aquí estoy». 

Ese lado exhibicionista que… ¿todos tenemos? 

Hace unas semanas, Benedicta Sánchez recibía el premio Goya a la mejor actriz revelación por la película O que Arde, y yo no puedo estar más contenta. Aparte de que su interpretación fue de lo mejor de la película, me alegra porque Benedicta tiene 84 años y esta es su primera aparición en el cine. 

Y, digo yo, que si Benedicta tuvo una oportunidad de iniciar la carrera de actriz pasados los 80 años, ¿por qué no iba a tenerla yo? 

Con el paso de los años, una aprende a quererse más y mejor. Dejas de aguantar ciertas cosas como que te venga alguien preguntando: «¿Qué?, ¿cómo va esa novelilla?» 

Tiene más de 400 páginas y me ha supuesto tres años de trabajo, tío, no me jodas llamándola “novelilla”. 

Y también aprendes a enterrar complejos. Me refiero a los complejos de todo tipo, al complejo de no sentirte preparada para ocupar un puesto de responsabilidad, pese a que, en la práctica, estés cargando con toda esa responsabilidad. Sin reconocimiento y sin el salario que corresponde. 

Es una pena que esa falta de confianza en una misma nos ataque cuando somos jóvenes, que ponga freno a la carrera de una mujer en unos años que son cruciales para su desarrollo. Porque los complejos que nos paralizan no son solo los físicos, y el techo de cristal que nos impide promocionarnos en una empresa al mismo nivel que los hombres, también lo fabricamos nosotras mismas. 

Pero me estoy yendo por las ramas. Porque el temor a subirte a un escenario o a colocarte enfrente de una cámara tiene más que ver con la timidez y esos complejos físicos, el no ser lo bastante guapa como para merecer el papel protagonista. 

Dicen que las mujeres suelen ser más exhibicionistas que los hombres. Que prefieren ser miradas que mirar. 

No fue mi caso. De adolescente y de veinteañera intentaba pasar desapercibida. No es que ahora me guste exhibirme, pero tampoco me da miedo que me vean. Y creo que antes sí tenía ese miedo. 

Por el contrario, lo que muchas mujeres temen cuando se hacen mayores en que llegue el momento en que se vuelvan invisibles, que los hombres dejen de girar la cabeza cuando pasan a su lado. 

El arte de envejecer bien 

En realidad, lo que yo quiero es llegar a vieja como esta señora, como Benedicta, que se fue a la gala de los Goya sin dentadura. Quiero disfrutar de esa etapa en la que ser guapa y delgada no es un valor que tengan en cuenta para hacer lo que te gusta. ¡Qué peso se quita una de encima! 

Quiero aprender a ser vieja, a mirarme al espejo y conocer la belleza de la vejez. Quiero aprender a hacerme valer como lo hace esta señora. 

Quiero que lo que consiga aprender a lo largo de los años sea capaz de transmitirlo a quien le pueda ser útil, pero sin invadir vidas ajenas y sin pedantería. 

Quiero que mi vida en la vejez no esté llena solo de recuerdos, sino que nuevas anécdotas y experiencias se sucedan a las puertas del invierno. 

«El miedo es un sentimiento de culpa y falta de curiosidad», sentenció Benedicta Sánchez en una de las entrevistas concedidas. A mí curiosidad no me ha faltado jamás, y de los sentimientos de culpa, si es que alguno tenía, me he ido deshaciendo pasito a pasito, pero sin tregua. 

También dijeron los griegos (porque los griegos dijeron todo lo que había que decir) que vivir bien consiste en llegar a una vejez en la que puedas seguir aprendiendo. 

No es que piense en dejar de escribir. Todavía no. La creatividad no es pertenencia exclusiva de los jóvenes. Son muchos los ejemplos de escritores que escribieron su mejor obra cuando eran veinteañeros y a duras penas consiguieron seguir escribiendo. 

Quiero inventar más historias, y me queda mucho por aprender sobre ello. Me queda mucho que aprender de todo. Y, cuando sea una viejecita, espero que todavía siga aprendiendo a ser quien soy, a descubrirme, a saber más de mí misma y sorprenderme.

Quiero aprender a vivir en armonía con la persona que de verdad soy.

Creo que la persona que está convencida de que ya lo tiene todo aprendido está acabada. No sé si era eso a lo que se referían los griegos. Quiero aprender a conectar con los lectores, que se sientan en la piel de los personajes de mis novelas. Pero también me gustaría conseguir esa conexión poniéndome delante de una cámara. 

Conectar con el otro. Me parece un buen motivo. Y, sobre todo, la prueba definitiva de que dejé atrás esos años de juventud en los que quería pasar desapercibida. Quiero enfrentarme al reto de la cámara.  Quiero tener la valentía de comenzar otra vida, por más que el resto del mundo se empeñe en que estoy llegando al final. Y, luego… ah, sí, lanzarme a volar en parapente. Esa es otra de las fantasías que espero hacer realidad cuando cumpla los 80. 
*Imagen de cabecera: Foto de analogicus en Pixabay

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