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Háblame sucio... amor mío

Gemidos, susurros, gritos… es la acústica de la pasión, la expresión musical de la excitación, indicadora de cuánto se desea al otro y de lo satisfactorio del encuentro. Los más atrevidos recurren a frases picantes, palabras obscenas y, si gusta, a los insultos. Todo vale cuando los implicados están de acuerdo en los ingredientes que van a utilizar para intensificar el placer. Es lo que se llama Dirty Talk, en español: “Hablar sucio”.

Juegos sexuales: Dirty Talk o hablar sucio

Juegos sexuales: Háblame sucio... amor mío

En una charla sobre sexualidad ofrecida a alumnos de ESO, comenta una adolescente que no comprende por qué hay que tomar precauciones con el sexo oral. La especialista explica que también con esta práctica se corre el riesgo de transmitir infecciones, por lo que la chica insiste: «Pero el sexo oral se hace por teléfono, ¿no?» Es una de las anécdotas recogidas por la sexóloga Eva Moreno en su libro Mujeres, juguetes y confidencias (publicado por Planeta), y que demuestra la necesidad de continuar con esta labor educativa.

Lo que la adolescente entendía por sexo oral se llama en realidad Dirty Talk en inglés, que podría traducirse por “Hablar sucio”, se puede practicar por teléfono, en un lugar público, o al oído del amante, y se trata de decirse frases picantes, subidas de tono, incluso obscenas, según las preferencias de cada uno.

Algunas personas se excitan cuando escuchan los sonidos y palabras que emiten los ocupantes de la habitación de al lado, un modo de estimularse que sería como la práctica del voyeurismo pero en la versión acústica.

¿Hasta dónde llegar con el lenguaje sucio?

Dependerá del conocimiento que tengamos de lo que al otro le gusta, de la cultura a la que pertenezca, de la timidez o soltura de cada cuál, de la confianza que exista entre los miembros de la pareja para que el mensaje recibido no dé lugar a interpretaciones erróneas.

La familiaridad y el romanticismo se tornan antídotos contra el erotismo cuando se cree que a una persona a la que amas de ese modo no le puedes decir guarradas, y mucho menos proferirle insultos. Hay quien lo entiende como una falta de respeto, como si existiera un modelo de sexualidad correcto entre personas que mantienen una relación sentimental y otro modelo del que solamente podemos disfrutar con aquellas que no nos importan demasiado, a quienes no nos unen sentimientos amorosos, de compañerismo ni vínculos de compromiso.

Es uno más de los muchos equívocos que se derivan de una educación recibida —esa en la que, por respeto al cónyuge, todo se hacía con la luz apagada—, que desemboca en la rutina y la monotonía del sexo domesticado. Esa cultura puritana es la culpable de que en algunos lugares del mundo existan leyes que prohíben a un marido decir procacidades al oído de su mujer mientras hacen el amor, como en Oregón (Estados Unidos).

Así es como algunas prácticas sencillas se sienten como algo prohibido, incluso en el contexto del matrimonio, y se reprimen, por ello algunos hombres llegan a fantasear con la propia mujer: «La imagino cabalgando sobre mí, con los ojos cerrados, entre quejidos y palabras de calentura. La educación que mi esposa y yo hemos recibido hace que me sienta frustrado por no atreverme a hacer este tipo de cosas ni a pedírselas», cuenta un ingeniero agrónomo de 43 años.



A ellas también les gusta

«Después de once años de matrimonio, descubrí realmente mi sexualidad gracias a un amante telefónico. Él me hablaba y yo me masturbaba. También me gusta oírme a mí misma cuando gimo», confiesa una vendedora de automóviles de lujo de 37 años.

Y es que las mujeres hemos cambiado mucho. Atrás quedó el cliché que aseguraba que nuestras fantasías eran romanticonas y que carecían de sexo explícito, o que nos gustan sólo las palabras dulces, tiernas, que nos digan qué bonitas somos y cuánto nos aman: «No digo que no me vayan las ternuras y los cariñitos, pero si cuando la cosa se pone morbosa y empezamos a darle duro me sueltan “te amo”, a mí por lo menos se me corta el rollo», indica una relaciones públicas de 29 años.

«Me atraen mucho los extranjeros, los hombres opuestos a los españoles, y que me hablen en otro idioma durante la relación, no sé por qué, pero me excita muchísimo...» Esta declaración de una fotógrafa de 23 años, recuerda a la protagonista de Un pez llamado Wanda, que se excitaba con los hombres que hablaban idiomas extranjeros.

También reconocen muchas mujeres que los acentos de otros países, como el argentino, les resultan muy sensuales, del mismo modo que pueden sentirse atraídas por otras razas, otras fisonomías, otras pieles, como explica esta administrativa de 28 años: «Estoy haciendo el amor con un chico negro, no importa el lugar, imagino su cuerpo y el tamaño de su pene. Mientras él me hace el amor yo le digo cosas como "fóllame negro”, "métemela toda" "qué grande la tienes" y cosas así. Con esta fantasía siempre tengo un orgasmo».

Algunas de las mujeres que disfrutan con el cibersexo, cuentan que, mientras chatean, ponen voces exóticas con su imaginación a sus amantes virtuales.

Domíname

Para algunas personas, escuchar improperios, que le digan cosas soeces, forma parte de los juegos sadomasoquistas o bondage, en los que se asume el rol de esclavo, en su versión más liviana. Hay quien se excita cuando se siente rebajada. Y eso no es más un teatro, en absoluto debe contemplarse como el síntoma de un problema o trastorno psicológico. De hecho, algunas jóvenes que fantasean con estas prácticas, aseguran que en la vida real suelen adoptar un papel dominante.

«Bueno últimamente mis fantasías sexuales consisten en sentirme como si fuese su sirvienta, que él me dé órdenes y yo cumplirlas. Sin utilizar trajes ni nada, simplemente que él me lo ordene, como si mandase sobre mí, y yo tengo que obedecer en todo lo que dice. También me excita muchísimo que él me diga cosas obscenas, como "puta", "guarra" pero alabándolo como "qué puta eres", o "así me gusta mi puta".»

Es como lo reconoce una joven estudiante de 21 años. Aunque parezca extraño, muchas mujeres dejan de sentirse como personas sexuadas si, con el paso del tiempo, su pareja la trata siempre como a la madre de sus hijos, una figura sacralizada, despojada de erotismo, y por ello sienten necesidad, para recuperar el deseo, de que él se dirija a ellas casi como a un objeto sexual en los ratos más íntimos. Es una forma de desconectar de las responsabilidades familiares.

En la descripción de su hombre ideal, muchas destacan las dotes de buen conversador, que nos remite a la inteligencia, y en la sexualidad, que sepan narrar al oído historias calientes lo convierte en amante con valor añadido.

Sherezades

Una aclaración: el Dirty Talk no consiste en mantener una conversación durante el acto sexual, con ello corremos el riesgo de desviar nuestra atención hacia complejos procesos mentales para pensar en qué decir en lugar de concentrarnos en el placer que nuestro cuerpo experimenta.

Sin embargo, hay quien utiliza pequeños relatos aprendidos o inventados durante los prolegómenos y también incorporándolos a los juegos. Así lo hace una maestra de escuela de 23 años: «Me excita narrarle a mi pareja cómo haría el amor con otro chico. Le describo el ambiente. En la cama del chico, en un cuarto de baño, en un banco de un parque, apoyados en una columna, etc. Si nos pueden ver otras personas mejor. Me excita verlo excitarse mientras le digo cómo le hago una felación a otro, sobre todo si es un ex mío. Le voy contando paso a paso cómo me la introduzco en la boca, la beso, lamo, mordisqueo hasta que mi pareja no puede más y quiere que se lo haga a él».

Es evidente que una fantasía como esta puede tener un efecto contrario al deseado si se narra al oído de una persona celosa, insegura, que malinterprete a su pareja o, sencillamente, que no sea este relato un afrodisíaco para él, sino más bien un antídoto que apaga el deseo. En este caso, la joven asegura que es fiel a su novio y él confía plenamente en ella. El relato forma parte de un juego inocente. Pero que el resultado sea positivo dependerá de cada pareja.

Anticipando el momento

Para asegurarnos de que los relatos no son perturbadores y dañen la relación en vez de estimularle, se puede empezar narrando qué le haremos a la pareja en cuanto le veamos, con una llamada de teléfono. De esa forma estamos creando en la mente del otro una fantasía anticipatoria, y además la estamos compartiendo. La relación sexual ha comenzado antes de que los amantes se vean y puedan tocarse.

Si el lenguaje sucio se utiliza en un lugar público, como el restaurante o el local de copas en el que os encontráis, el nivel de excitación crece y la pasión se desata en cuanto os halléis a solas. La presencia de otras personas, aunque no escuchen lo que decimos ni noten lo que sucede, aporta un ingrediente más de morbo.

En las reuniones Tapersex, Eva Moreno —creadora, también, de este concepto de venta de artículos eróticos— suele sugerir este truco para encender la llama cuando presenta las bolas chinas: «Podéis estar cenando en el restaurante, sin que él sepa que las llevas puestas, y de repente le sueltas: “Ay, cariño, en cuanto lleguemos a casa me quitas las bolas porque estoy a cien”. Las chicas siempre responden igual: “Uf, seguro que no quiere postre y nos tenemos que ir para casa a la carrera”.»

Ya lo escribió Isabel Allende en su libro Afrodita: el punto G está en el oído. Y si necesitas inspiración para estimularlo, en el libro SEX CONFIDENTIAL he recopilado fantasías de mujeres reales para quienes deseen introducir el relato de historias de alto voltaje en sus relaciones sexuales. Tal vez te apetezca leerlas como introducción a lo que luego suceda, puedes recordar alguna y susurrársela mientras hacéis el amor, o quizás algunas de ellas desaten tu imaginación y creatividad.

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