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De la fantasía con el famoso a la adoración extrema


Imaginar una escena erótica con un famoso es una de las fantasías sexuales más recurrentes en hombres y mujeres, pero ¿qué sucede cuando la adoración al famoso se convierte en obsesión?

Fantasías eróticas o románticas con los famosos u obsesión enfermiza

De la fantasía con el famoso a la adoración extrema

Cuando hace más de diez años pensé en iniciar un estudio sobre las fantasías sexuales femeninas, la mayoría de las encuestas realizadas entonces sobre el asunto resaltaban como fantasía recurrente la escena erótica con un famoso. Un tiempo después de poner en marcha el proyecto, no fue este el resultado que se obtenía de los más de quinientos testimonios recibidos. Tal vez, imaginarse con un actor de cine o un cantante es el tipo de fantasía sexual que una puede soltar ante un micrófono o el rostro de quien realiza la encuesta sin exponerse demasiado. En cambio, cuando se garantiza el anonimato, la mujer puede confesar otro tipo de fantasías evitando el juicio que se haga de ella. Me refiero a aquellas en las que se imagina que un desconocido la violenta en un callejón oscuro o en la que es lamida de arriba abajo por otra mujer. 

Aun así, las fantasías eróticas con alguien famoso también se dan, sobre todo en aquellas (y aquellos también) que tienen auténtica obsesión con uno de ellos. Me refiero a los fans, que han existido siempre, desde los adolescentes que empapelan su cuarto con pósteres y recortes de prensa de su ídolo, que gritan histéricos y se desmayan en los conciertos, hasta los casos peligrosos, dispuestos a matar o a dar la vida por el objeto de su devoción. Antes de que los medios de comucicación se adueñaran de nuestros hogares, ya fueron víctimas del fanatismo el poeta Lord Byron o el violinista Nicolò Paganini. Pero el fenómeno fan ha sido recientemente analizado y rebautizado con las siglas CWS (celebrity worship sindrome), es decir, “síndrome de adoración al famoso”.

Es el término acuñado por los psicólogos de las universidades de Leicester (Inglaterra), Adelaida (Australia), Southern Illinois y De Vry (Estados Unidos), que, dirigidos por el doctor John Maltby, han investigado esta obsesión por personajes tan dispares como David Beckham, la cantante Kylie Minogue o Tony Blair. El estudio finalizó en 2003; posiblemente, ahora los nombres serían otros, como Justin Bieber o el actor Benedict Cumberbatch. De este último, por cierto, se expuso una estatua de chocolate en un centro comercial y el resultado puede verse en este vídeo:


A partir de una muestra de poco más de 600 personas encuestadas, entre 18 y 60 años, los investigadores encontraron que el 36% de la población padece esta especie de locura por el icono. Pero ¿hasta qué punto perjudica seriamente la salud esta adoración a las estrellas?

Diferentes grados de obsesión

Gracias a su profesión, Julia frecuenta festivales de cine, presentaciones y saraos, donde tiene la oportunidad de hacer realidad el sueño de muchas: conocer y mantener relaciones íntimas con algunos actores, famosos del mundo televisivo y músicos. «Me gusta la idea de que alguien que está en la tele luego esté conmigo, me da morbo, y también sensación de poder, de conseguir lo que quiero. Sube más el ego estar con alguien que mucha gente desea, y pensar que entre toda la gente de la fiesta, por ejemplo, te ha elegido a ti», comenta esta relaciones públicas.

No cabe duda de que Julia padece el síndrome, pero no se trata de un caso severo. Los expertos han descubierto que existen tres tipos de afectados, asociados a ciertos rasgos de personalidad. El 22% presentan síntomas de baja intensidad. Pero son extravertidos, divertidos, optimistas y tienen muchos amigos que tan solo pueden reprocharles que hablen en exceso y con demasiada pasión de su celebridad, a quien siguen para identificarse con un grupo (especialmente los adolescentes) y entretenerse conociendo sus vidas y peripecias. Esta identificación puede ser, incluso, positiva. Pensemos en aquellos que practican deporte o un estilo de vida saludable porque su ídolo lo hace.

Otro 12% muestra una afección moderada, lo que significa que tienen un tipo de relación personal más intensa con su dios. Según el doctor Maltby, son individuos con rasgos neuróticos, continuos cambios de humor y más propensos a la depresión y la ansiedad. Consideran a su ídolo como un amigo o su alma gemela y fantasean con la posibilidad de interactuar con él. Fantasías que son fomentadas por grupos con intereses creados, como los que montan concursos cuyo premio consiste en cenar con el artista favorito.

El tercer grupo, que apenas alcanza el 1% de la muestra, se acerca a la patología. Son capaces de gastarse un dineral para conseguir la servilleta que usó su héroe, de robar, matar o morir por él. En este nivel nos encontramos ante personas que podrían esconder rasgos psicóticos, solitarias, impulsivas y antisociales. De ellas han sido víctimas artistas como John Lennon, George Harrison y el ex presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan.

El culto a las estrellas se vuelve adictivo y peligroso cuando el individuo pierde el control sobre sí mismo. 

Caldo de cultivo

El psicólogo Pepe García Romero, de BACS Consultoría, considera que estos datos podrían trasladarse al caso español: «Que el uno por ciento de la población esté afectada clínicamente por este síndrome no es nada exagerado, conociendo los índices de patologías mentales de nuestros días. Hay que tener en cuenta que las condiciones sociales han cambiado muy rápidamente y no hemos tenido tiempo suficiente para desarrollar respuestas adaptadas. Por otro lado, afirmar que lo padece un 20 o un 30% de la población, y especialmente de la juventud que es de donde mayoritariamente proceden estos datos, no sorprende nada dada la inexistencia de otros valores o figuras alternativos que les sirvan de referencia y también la falta de interés de la intelectualidad imperante en la sociedad. Por otro lado, ya se encargan las empresas que gestionan este culto a los famosos de sacarle partido, por lo cual no es probable que se reduzca, sino que cada vez quede más reforzado».

Sin duda, los más susceptibles a padecer este fanatismo son los más jóvenes, que suelen crear clubes de fans para intercambiarse fotos, explicarse anécdotas del famoso, defenderle de las críticas y pasarse horas hablando de él sin cansarse. Una fórmula que les permite sentirse integrados en un grupo, y que puede suplir carencias afectivas en aquellos adolescentes que provienen de hogares divididos o familias disfuncionales.

«Suelen ser jóvenes perezosos y poco metódicos», apunta la terapeuta familiar Carmen Roca. «Su ídolo posee lo que a ellos les falta. Lo eligen porque desean ser como él, valoran su delgadez, su forma de vestir o, sencillamente, el éxito. El artista suele ser amistoso y simpático, mientras que el fan no tiene esas habilidades sociales y comunicativas, ya que la familia no ha sabido enseñárselas, pero consiguen entablar una relación de amistad con los que sienten la misma adoración. En el club de fans se crea esta unión entre personas con motivaciones similares, que se muestran interesados por la música o por un deporte».

La mayoría de estos clubes están creados y formados por chicas, pero para Carmen Roca esto no significa que los hombres sean menos proclives a padecer esta adicción, sino que ellas tienen menos problemas para exteriorizar sus emociones y sentimientos. Según la terapeuta, forma parte de su crecimiento normal que el adolescente busque otras formas de vivir y pensar diferentes a las familiares. Y sintonizar con un grupo social con las mismas motivaciones es un síntoma de este proceso.

Pero la respuesta de los fans, ya sean adolescentes o adultos, también dependerá del tipo de ídolo fabricado. «Si han llegado donde están es porque tienen una serie de cualidades: inteligencia, ambición, personalidad, decisión... que hacen atractivo a cualquiera ¿cómo no te van a gustar?», dice Julia de los suyos. «Suelen ser grandes seductores porque es parte de su vida y de su oficio», en resumen, tienen carisma. Muy diferente de los casos de fabricación en serie, como son los cantantes que salen de factorías como Operación Triunfo o La voz.

Otro tipo de admiración es la que sienten algunos jóvenes por un profesor. «Este tipo de idolatría podría responder a inquietudes de tipo intelectual, al igual que sucede con los que sienten fervor por un escritor o escritora determinada. Desde luego, son personajes que aportan mucho más que la figura creada por el marketing», explica Carmen Roca. 

Así cuenta su fantasía erótica una joven universitaria de 19 años: «Desde que tenía unos doce años me gustan los profesores (los que están bien). Mi fantasía se desarrolla en el despacho de mi profe. He acudido a reclamar un examen y él comienza a mirarme el escote. Yo rodeo su mesa y me siento encima, pegada a él. Entonces empieza a acariciarme la cintura, los muslos, los pechos... me besa, y acabamos haciendo el amor sobre su escritorio. Me trata como a una niña, me enseña nuevos juegos y posturas».

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La figura del profesor despierta el morbo de seducir a alguien a quien consideramos superior, hay una admiración intelectual de la alumna hacia el maestro, una cualidad que la mayoría de las mujeres valora para enamorarse de un hombre. Además, su ubicación en el aula es de preponderancia: él se sitúa en la tarima, físicamente por encima del resto. Y en sus manos está el futuro académico de los alumnos, con lo que su poder es realmente importante en esta etapa de la vida. Por otra parte, sentirse lolita en brazos de un hombre adulto, que cae rendido ante nuestro candoroso encanto y sabe cómo manejar la situación —tan diferente a los chicos de igual edad—, resulta de lo más sugerente.

Biología y ambiente: ¿cómo influyen en nuestra personalidad?

Al parecer, los porcentajes del estudio tienden a crecer, algo que no extraña al psicólogo García Romero: «Sería interesante diseñar un cuestionario para ver qué proporción de nuestra alma está basurificada, puesto que, si nos pasamos todo el día viendo programas que nada enriquecen nuestra vida o nuestras relaciones, sino más bien refuerzan el mal gusto, la insolencia, la grosería o la incultura, por isomorfismo, este empobrecimiento mental y social estará pasando al transfondo de nuestro ser. Teniendo en cuenta este bombardeo continuo de material insensible que a muchos del poder económico y político no les interesa que cambie, no me sorprende en absoluto que el 33% de la población en vez de centrarse en sí mismo para conocerse mejor, ponga su acento en los demás».

El análisis de los estudiosos de este síndrome se ha basado en un clásico de la psicología británica, la teoría de la personalidad de Eysenck, bastante conocida (data de los años cincuenta), y que clasifica a las personas en tres dimensiones: extraversión, neuroticismo y psicopatía.

El equipo dirigido por John Maltby establece una correlación entre los rasgos de personalidad según Eysenck y los tipos de culto a la celebridad. Pero que exista correlación, no significa que uno sea la causa del otro, según apunta Pepe García Romero: «La teoría de Eysenck es biologista. Fueron famosas sus polémicas con los psicólogos ambientalistas. Por supuesto, Eysenck, siempre encontró argumentos para defenderla. El estado actual de la ciencia es más bien interactivo, es decir, hay una predisposición a actuar debido a la estructura nerviosa que tenemos cuando nacemos, pero el ambiente tiene cierta capacidad para modificar esta predisposición natural. Así, una persona que nace con un temperamento ansioso, puede llegar a controlar su respuesta habitual o una persona introvertida, puede cultivar rasgos de sociabilidad. Además, no podemos dejar de lado toda la influencia mediática ni el cambio en las pautas educativas, sociales, familiares, políticas, etcétera. En fin, todo lo que sea ambiental».

Pruebas de la influencia mediática hay a patadas, pero baste recordar lo sucedido en Japón con el paseo de David Beckham y Victoria Adams, iconos adorados en los países más industrializados y de economía más potente. Beckham, cuya vida dio un giro de 180 grados cuando se casó con la ex componente de las Spice Girls, era el futbolista que vende más camisetas y otros productos de merchandising en Asia, uno de los principales motivos que barajó el Real Madrid cuando decidió ficharlo.

Victoria y David Beckham
Para la terapeuta Carmen Roca, es una lástima que esta admiración no suela traducirse en pautas de conducta satisfactorias: «Beckham, como otros reyes del balón es una persona disciplinada, que trabajó muy duro para convertirse en deportista de élite. Además, desde pequeño se le enseñó a ser muy pulcro y cuidadoso con su ropa. Sin embargo, sus fans no imitan este modelo, se quedan con lo fashion, con el peinado y las uñas pintadas. Terenci Moix fue un ejemplo de la versión positiva de esta adicción por los famosos. Su mitomanía fue la semilla de varios libros, especialmente el fervor que sentía por la figura de Cleopatra. También admiraba profundamente a Montserrat Caballé, lo que le llevó a cultivarse en el mundo del género lírico».

El pelele

En la otra cara de la moneda nos encontramos con otro tipo de famoso que produce aversión, en lugar de admiración, y que son linchados públicamente en programas donde se emiten juicios de valor sobre su comportamiento. Son productos de programas como Gran Hermano o que ocupan las páginas de papel couché por darse un beso en la playa con el ex de la hermana de quien fue ex de una celebridad.

Con esta fórmula televisiva se desatan o se descargan, según el caso, las iras de una población que envían mensajes insultantes y violentos a través del teléfono móvil o los lanzan en las redes sociales. Sería ideal si estos chivos expiatorios fueran capaces de canalizar la agresividad verbal de una sociedad estresada, previo pago de sustanciosas cifras por dejarse someter al escarnio público. Pero teniendo en cuenta el aumento de casos de malos tratos y violencia doméstica, no parece que esta pauta de conducta grupal surta mucho efecto. Es más, desde que aparecieron las redes sociales como Facebook o Twitter, cualquiera con una cuenta que comience a resaltar de algún modo se expone a ser atacado. Cuidado, pues, con la fantasía de alcanzar la fama.

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