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El valor de la imaginación erótica


El afrodisíaco más potente lo puedes preparar tú, en tu imaginación.

Ilustración de Jordi Galeano 

Fantasías sexuales: el valor de la imaginación erótica.

Ni cuerno de rinoceronte, ni ginseng, ni ostras, ni alcohol.

Ni fármacos, ni sortilegios milagrosos. Los mejores afrodisíacos los elaboramos nosotros mismos, en el laboratorio que tenemos entre las dos orejas. Son nuestras fantasías sexuales. Y da igual de qué tipo sean: transgresoras, con gente de nuestro mismo sexo, en situaciones peligrosas, con personas que jamás nos atraerían en la vida real. Todo es posible en nuestra imaginación, a la que podemos dar rienda suelta sin límites ni represiones

Las fantasías son excelentes acompañantes en nuestros juegos sexuales, ya sea a solas o en compañía. Nos ayudan a recuperar la excitación, a concentrarnos, a liberarnos del estrés y a intensificar las sensaciones cuando nos disponemos a darnos un respiro en medio de nuestra ajetreada agenda, pues suele ser la ansiedad la principal causante de la disfunción eréctil y del trastorno del deseo inhibido (vamos, lo que toda la vida se ha llamado «dolor de cabeza»). Tenemos menos ganas de sexo si pensamos menos en él. Un estudio sobre fantasías sexuales, realizado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, demostró que existe «una correlación positiva entre mayor actividad sexual e incremento del grado de fantasía, lo cual es coherente con las teorías del origen y mantenimiento del deseo sexual». 

Pero, ¡cuidado! Un error muy común es confundir una fantasía erótica con un auténtico deseo sexual, motivo por el cual la mayoría de la gente no se atreve a contar las escenas que le excitan, porque si una mujer confiesa que se pone a cien con la imagen de otra mujer practicándole sexo oral, la pueden tomar por lesbiana sin serlo. Y no digamos lo que pueden pensar de ella si contara hasta qué punto se excita con la fantasía de verse forzada. A menudo es la propia persona la que no lo tiene claro, la que no sabe poner límites entre lo imaginado y lo real como estímulo erótico. Algo parece quedar de ese complejo de culpa católico por los malos pensamientos, y también por todo aquello que nos proporciona placer.

Cada cual, en plena madurez y con total responsabilidad de sus actos, tendrá que decidir qué fantasías materializar (y eso implica asimismo no dejarse chantajear emocionalmente por la pareja o el círculo social). 

Las fantasías propias o ajenas son, además, un estímulo de la creatividad efectivo para apartar o solucionar, sobre todo, el problema de la rutina en las relaciones duraderas. De ahí que muchos terapeutas sexuales sugieran la lectura de relatos eróticos en compañía, o los fragmentos que más exciten de libros que recogen testimonios reales, como SEX CONFIDENTIAL. Y mejor aún si se prepara el ambiente con una temperatura, iluminación y música adecuada. 

Lo de desconectar móviles y tablets se da por supuesto, ¿verdad?

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