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El secreto de la inmortalidad

Cuando escribo estas líneas acabo de pasar el primer Día de la Madre sin mi madre. Un día, a partir de ahora, que me hará recordar qué era tener una madre, un día para avivar su recuerdo, y para darme cuenta de que a una madre como ella nunca la pierdes del todo.

Perder a la madre y la herencia que nos deja: El secreto de la inmortalidad

El secreto de la inmortalidad 

Cuando mi madre sufrió el derrame cerebral que la hizo padecer durante los tres últimos años de su vida, y comenzó a necesitar nuestros continuos cuidados, mi marido leía la novela de Philip Roth Patrimonio: Una historia verdadera, donde el escritor narra la lucha de su padre contra un tumor cerebral; y, por cuánto le recordaba lo que yo decía que me pasaba, me leyó en voz alta este fragmento:

«No puedo leer, Dios sabe que no puedo escribir una línea, no puedo ni ver un estúpido partido de béisbol. Soy del todo incapaz de pensar. No puedo hacer nada.»

Antes de que mi madre sufriera ese ictus que le dejó tocado el nervio que controla los vómitos, yo leía unos cuatro libros al mes y escribía todas las mañanas. Después del ictus, durante los tres años siguientes, tardaba más de un mes en leer un libro, y apenas conseguí comenzar el borrador de una novela. La que ahora retomo.

Mi marido sabía que no estaba emocionalmente preparada para leer Patrimonio, por más que unas cuantas palabras de Philip Roth ejerzan sobre mí la más poderosa de las atracciones. Y me hizo un spoiler —cómo no, mi marido es un maestro haciendo spoilers—: que para Philip Roth, el patrimonio que deja su padre es la suciedad que tiene que limpiarle, los pañales que tiene que cambiarle.

Tres años después de aquello, después de muchas visitas a urgencias y al hospital, y con nuevas enfermedades contraídas, mi madre también llevaba pañales, y ella, que no tenía ni idea de quién es Philip Roth, no paraba de decirme cuando la cambiaba: «Qué herencia, hija. Vaya herencia os estoy dejando».

La herencia de mi madre

No era cierto.

La herencia la compone todo aquello que nos hemos quedado de mi madre. Y, desde luego, no han sido sus pañales sucios.

El día de su funeral llegó una amiga de la familia que apenas pudo quedarse unos minutos, lo justo para darnos el pésame. Ella también tenía a su madre enferma y dependiente, y me hablaba de la crueldad de la situación, de que sabía bien por lo que habíamos pasado. Le dije que no acabábamos de perder a mi madre, sino que comenzamos a perderla mucho antes, cuando sufrió el primer ictus y dejó de ser la mujer que conocíamos.

Tampoco eso era cierto del todo. Ahora lo sé. Las personas como mi madre siempre se quedan.

Hace unas semanas, leyendo uno de los relatos que recopila el libro Manual para mujeres de la limpieza, de la maravillosa Lucia Berlin, me encontré con estas líneas: «Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte.»

Caí entonces en la cuenta de cómo mi madre sigue llenando un espacio, de cómo y hasta qué punto se ha quedado con nosotros. De todo lo que nos ha enseñado.

«María nos ha dado un ejemplo de entereza», dijeron las médicas. Al final, todas eran médicas, a excepción del médico del equipo de paliativos a domicilio que certificó su muerte.

Mi madre pidió a la muerte que viniera a buscarla. Pero la muerte se negaba a aparecer y se lo pidió a los médicos, les pidió que la dejaran morir. La comprendíamos. Una enfermedad incurable como la que ella padeció es un monstruo más temible y devastador que la muerte.

Y aun así, jamás perdió el sentido del humor. Ni siquiera cuando hablaba con una de las psicólogas de sus deseos de morir. Hasta en esa ocasión, entre lágrimas, se giró hacia mí para soltarme una de esas frases de mi abuela porque quise que bebiera agua: «Déjame, chiquilla, ¿te crees que me he llevado un susto?»

La psicóloga comentó entre sorpresa y admiración esa capacidad de mi madre para continuar riendo.
 
La muerte de un ser querido según Lucia Berlin


Sé, sin embargo, que por más que pidiera a la muerte que se la llevara consigo, a mi madre le inspiraba miedo. Imposible no temer a la muerte, o a lo que pueda haber después de ella, cuando no has perdido la lucidez. Y ella no la perdió nunca.

Cuando escribía mi primer libro, sobre las madres trabajadoras, mi madre me dijo que la ‘carrera universitaria’ para ser madre o padre es la más difícil de aprobar. Yo creo que ella la superó con creces. También mi padre, que fue su cuidador a tiempo completo.

Una amiga, a quien también perdí recientemente, solía decir que lo mejor que podían hacer unos padres por sus vástagos era dejar sus propios problemas arreglados y no legarlos a sus hijos.

No sé si mi madre nos ha transmitido esa entereza que elogiaron los médicos, esa serenidad con que aceptó lo que había de venir. Lo que sí sé es que, ante una situación conflictiva, podré preguntar qué habría hecho mi madre, y que tendré una respuesta. Y eso es una buena herencia.

Perder a la madre

Pero que mi madre deje menos vacío, como escribió Lucia Berlin, no significa que no la echemos en falta. Mis hermanas y yo nos hemos encontrado más de una vez con el teléfono en la mano a punto de llamarla, o pensando en enseñarle la foto que acabábamos de recibir por Whatsapp de uno de sus nietos, o ponerle ese vídeo de una chirigota gaditana que hemos encontrado.

Echo de menos esa llamada suya para preguntarme qué iba a hacer de comer: «A ver si me das alguna idea, que estoy pegaíta».

Echo de menos que me dé el visto bueno sobre mi aspecto: «Una tiene que cuidar más su imagen cuando anda por el barrio que cuando va a donde nadie la conoce». (Por tu culpa soy incapaz de bajar la basura en chándal y zapatillas, mamá.)

Echo de menos sus comentarios cuando veía al yerno besuquear al bisnieto hasta la extenuación: «Lo va a dejar consumiíto».

O su sentencia ante la deplorable estética de una plaza o un edificio cuando visito un lugar: «El que hizo esto se quedó con el sentío bajeando».

Porque la echamos en falta, continúa acompañándonos. Porque seguimos riendo con ella, con sus ocurrencias. Porque es el amor el que nos condena a la eternidad. Porque, así, repitiendo sus anécdotas, sus frases, encontrando respuestas a las preguntas que le hacemos, es como la mantenemos viva entre nosotros, así convertimos su ausencia en su presencia. Es la herencia que mi madre nos deja: el secreto de la inmortalidad. 
 

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