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El arte de escribir en “guarriword”

En inglés se le llama text sex, y no es otra cosa que escribir mensajes de contenido erótico a tu pareja, a un amante o a un conocido virtual. ¿Ya lo has probado?


Text sex: el arte de escribir guarrerías

En cuanto llega noviembre, para una es inevitable pensar en violetas y acordarse de la canción de Cecilia, la historia de aquel hombre con un poco de mal genio que, como un Cyrano de Bergerac, prefería escribir versos anónimos a su mujer que mirarla a los ojos y decirle cuánto la amaba.

Suele pensarse que a nosotras, las señoras, se nos excita más con el uso adecuado de las palabras que a través de estímulos visuales. No sé. Quizás la nariz de Cyrano carecía del poder de producir humedades entre los muslos, pero tengo entendido que los glúteos de Brat Pitt en la película Troya dilataron unas cuantas vulvas. 

De todos modos, admitámoslo, desde que Internet se impuso en nuestra vidas eso de poner como una moto al otro sin la vergüenza que nos da mirarle a la cara resulta más fácil. Ellos y nosotras nos volvemos más audaces, ya sea cuando nos dirigimos al partenaire oficial o a una persona que no es el consorte, como muestra esta mujer casada, de 28 años, empleada en una gestoría:

«Conocí a un chico jovencito, de 22 años, en un chat, con quien comencé a hablar y la conversación fue subiendo de tono. Empezó a contarme qué haría conmigo si estuviese a mi lado, con pelos y señales, y yo le respondí según se me ocurría en ese momento, con un desparpajo que a mí misma me sorprendía. Él me preguntó por la ropa que llevaba puesta. Le dije que llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Me dijo que me tumbara, que me iba a dar un masaje por todo el cuerpo, y que sólo utilizaría la lengua. Yo lo hice... en mi imaginación. En realidad continué tecleando, claro. Siguió diciéndome que me estaba quitando la camiseta y besándome, que me diera la vuelta para besarme los pechos, que me los iba a morder muy suavecito para no hacerme daño. El corazón me latía muy deprisa y mi cabeza iba con mucha rapidez. Me escribía que estaba bajando hacia el ombligo, que me lamía todo el tronco, hasta llegar a los pantalones, que me los estaba bajando muy poco a poco, sin dejar de lamerme. Que continuaba bajando, rozándome levemente por mi sexo, y al fin llegó a las piernas; las mordió, las besó, las acarició. Continuó dándome el masaje con su boca por todo el cuerpo. Hasta que me pidió que le dejara abrirme las piernas, que metería su lengua en mi sexo con suavidad. Me lo imaginé de tal modo que lo sentía de verdad.


»Así continuó introduciendo su lengua despacio, y luego un poco más rápido. Dijo que iba a hacer lo mismo con mi trasero, que acababa de darme la vuelta, que estaba metiendo ahí su lengua y que se estaba poniendo muy malo. ¡Nunca me han hecho eso en la realidad! Me pidió que se la chupara, y le dije que lo estaba haciendo. Me dijo que estaba disfrutando mucho y que ahora iba a penetrarme por detrás. Era algo que tampoco yo había probado jamás. Lo describía con todo lujo de detalles: me tenía agarrada por las caderas para que no me escapase —no tenía ninguna intención de escaparme—, y me la comenzó a meter muy despacio, hasta llegar al fondo, y comenzó con el dentro y fuera mientras que me tocaba los pechos e introducía un dedo en mi vagina. Después me pidió que me diera la vuelta, que íbamos a hacerlo por delante... Yo no me toqué en ningún momento. Sólo tecleaba y leía lo que él escribía, y aun así tuve un orgasmo impresionante.

»Yo creo que con un extraño es más fácil abrirte y practicar cualquier tipo de juego que con tu pareja, aunque con mi marido he disfrutado más que con ninguno de los hombres que conocía antes de él».

Bueno, el asunto da para mucho más que el espacio que ocupa una entrada en este blog. Diré, simplemente, que aunque es cierto que nos preocupa más lo que puede pensar nuestra pareja de nosotros que cómo nos juzgue el tipo con el que nos enrollamos una noche, lo que describe esta chica no deja de ser una fantasía, puede que en la práctica no respondiese a las expectativas que despertaban las palabras del chico (al que ni siquiera conoce físicamente, no lo olvidemos), que el juego le causase dolor o no resultara tan placentero como en la imaginación, algo que sucede a menudo cuando se intentan cumplir las fantasías sexuales. 

Pero lo que me animó a escribir esta entrada es la práctica del text sex, que me parece una herramienta muy útil para avivar la pasión dormida en una relación, según, claro está, el grado de confianza que hayamos alcanzado con la pareja. En el caso de esta joven no parece ser demasiada, de ahí que pruebe con un desconocido lo que podría hacer con su marido: seducirse por escrito. Tal vez si lo hubiese intentado con el consorte, se habría llevado una grata sorpresa. No todo el mundo domina el arte de la escritura, pero si para leer literatura los lectores son cada vez menos exigentes, imagínate para recibir mensajes guarrillos. En serio, unas cuantas palabras subidas de tono pueden ser más eficaces que mordisquear pezones. De modo que no te cortes un pelo, y manosea el móvil cuanto quieras de camino a casa para luego manosear el cuerpo de quien allí te espera, que ahora el whatsapp también sale gratis.

¿Necesitas ideas? Puede que algunas de las confidencias que recoge este libro despierten tu imaginación.

¡Buena suerte!

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