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Estupideces para chicas



Según la revista Qué leer, en su número de octubre (2008), eso es lo que escribimos algunas, estupideces para chicas.
Escribo este post a modo de respuesta, no por la ofensa a una servidora (aunque a mí no me menciona puesto que la novela Como la seda aún no estaba en la calle), sino a sus lectoras, a quienes también llama en la portada “mujeres sofisticadas”.

He de reconocer que estoy de acuerdo con algunos aspectos del reportaje, pero, en general, sospecho que se critica un género del que sólo se conoce lo que la autora del mismo ha encontrado en el Google. Y digo esto, porque lo que explica de una de las obras chick-lit, Sexo en Nueva York, hace referencia a la serie y no al libro. También menciona los artículos que Candace Bushnell escribía en el diario…, y de eso no tengo la menor idea. Pero lo que aparece en la obra en papel aquí publicada apenas tiene que ver ni con el producto televisivo, ni con lo que asegura la revista que se relataba en el periódico. El libro Sexo en Nueva York es un retrato sórdido, frío, hasta desagradable de la sociedad soltera neoyorquina, y por eso mismo no ha tenido éxito editorial en este país. Ni siquiera es una novela.
Personalmente, la serie no me encandiló y el final me pareció de lo más decepcionante. Pero es que la revista se llama Qué leer, y no Qué ver.
Otro preocupante error es el retrato que hace de las protagonistas tanto de esta como de otras obras: independientes que están deseando dejar de serlo, en busca de un príncipe azul. ¿? Confieso que no he perdido la cabeza por leerme todo lo publicado dentro de este género, pero no conozco ninguno de estos personajes femeninos que desee perder su independencia económica. Al contrario, una de las grandes preocupaciones de la mujer urbana, supuestamente moderna, que retratamos en estas historias, es su dependencia emocional y cómo independizarse de ella.
Y no es un invento. Puedo presentar un amplio porcentaje de testimonios de veinteañeras y treintañeras que escriben para Dímelo al oído o SEX CONFIDENTIAL que confiesan colgarse siempre del cabroncete de turno.
Y esto nos conduce a uno de los títulos principales de la literatura chick-lit, que muchos mencionan como precursora, aunque creo que las raíces del género se hayan muchísimo más lejos (aquí, Carmen Rico-Godoy y Lucía Etxebarría, por poner un par de ejemplos, se habían adelantado, y en el mundo anglosajón también lo había hecho la guionista de Cuando a Harry encontró a Sally, Nora Ephron), El diario de Bridget Jones. Su autora Helen Fielding confesó inspirarse en la obra de Jane Austen, Orgullo y Prejuicio, ante lo que la articulista se lleva las manos a la cabeza, asegurando que la escritora decimonónica era una defensora de la soltería. No sé si Austen murió soltera porque quiso, porque no pudo casarse, porque no conoció hombre del que enamorarse o porque no fue correspondida. No conozco su biografía, pero sí la novela, y ciertamente existen muchas similitudes entre ambas obras: las dos autoras elaboran una crítica mordaz (no tanto como la hubiese hecho Oscar Wilde, por supuesto, que puso el listón demasiado alto) a una sociedad que presiona a las mujeres para que contraigan matrimonio, especialmente contra las madres casaderas. Las heroínas de una y otra tienen una postura muy diferente, desde luego, pero si tanto defendía Austen la soltería, ¿cómo es que acaba casando a la protagonista de su historia? Lo que las mujeres buscan en estas obras es un hombre que las quiera tal como son y las trate de igual a igual, y para encontrarlo tienen que enfrentarse, para empezar, a sí mismas.
Otro aspecto que se trata en ambas obras es lo que en psicología se llama “efecto halo”. Ambas protagonistas se convencen al comienzo de la narración de que un personaje masculino es de una manera determinada por creer en una falsa primera impresión. Lizzy oye de Darsy un comentario inoportuno por el que le etiqueta de orgulloso y arrogante. A Bridget le confunde un ridículo jersey. No sé si la periodista de Qué leer leyó la novela o simplemente vio la película. Tengo que advertirle, por si acaso, que entre una y otra media un abismo (me refiero a Bridget Jones, de la otra no he visto la versión cinematográfica).
Y llegamos a la reina del chick-lit, Marian Keyes, autora, entre otras obras, de una saga sobre las hermanas Walsh, a quienes la articulista tilda de “superficiales” y se queda tan ancha. Como me estoy extendiendo más de lo que un post requiere, me limito a la primera novela de Keyes, Claire se queda sola, la historia de una mujer que es abandonada por su marido el mismo día que a da a luz a su hija y se refugia en casa de su familia. En más de 300 páginas se describe la caída en una depresión hasta tocar fondo e iniciar la superación.
Por lo visto, para practicar el humor sin dejar de ser “profunda” hay que hablar del melenón de Aznar o de los tirantes de Pedro J. Ni se te ocurra caer en el asunto del consumo compulsivo, una de las terribles drogas de nuestro pequeño mundo globalizador y globalizado. Quienes lo pongan en duda, que pregunten por los datos que se recogen al respecto en las consultas de los psicólogos. O los trastornos alimenticios. O sí, la bulimia, la anorexia, la dictadura de la imagen… son temas muy superficiales.
¿Que nos echamos unas risas? Sólo faltaba que alguien nos lo impidiera.
Le toca el turno a la mención que hace el artículo de madame Bobary. Muy señora mía, creo que madame Bobary (personaje solitario y sólo concebible en ese tiempo) se tomaría de nuevo el cianuro, si comprobara que en los albores del siglo XXI algunos caballeros de talento, como Ingmar Bergman, aún interpretan la infidelidad femenina como un camino inexorable hacia la tragedia familiar. Si, por el contrario, se hubiera encontrado con unas cuantas amigas a las que contar sus escarceos mientras toman helado o preparan sushi, seguramente habría tomado otra decisión.
Quiero acabar con una confesión: no tenía ni idea de que existiera un género que se había bautizado como chick-lit hasta que varias personas comentaron que ése era mi estilo. Deduje, por tanto, que mis trabajos son producto de una época, del momento que vivimos una generación de mujeres en las grandes ciudades de Occidente, que posiblemente sea eso lo que haya sucedido con la mayoría de los títulos publicados por otras autoras y que, al comprobar el éxito en el mercado, las editoriales pidieran por encargo obras de similares características. Lo mismo ha sucedido con la novela histórica, los libros de testimonios y la autoayuda, que arrasaron antes de convertirse en productos de fabricación en serie, entre los que hay mejores, peores y completa basura, qué duda cabe. Pero en lo que respecta a la literatura, unas cuantas manzanas podridas no van a pudrir todo el cesto.

Comentarios

  1. Siempre desprestigiando lo que escriben las mujeres, lo que leen las mujeres, lo que necesitan las mujeres, lo que visten las mujeres, lo que usan, lo que son... que cansinos son.

    Buena entrada Sonsoles.

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  2. Y lástima que sea otra mujer quien lo haga. Gracias por tu comentario. Un saludo.

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