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Caribe Mix


 (Mi más profundo agradecimiento a las personas que encontraron pareja en la agencia Samsara por superar sus reparos y contar su experiencia. Ellas son quienes inspiraron relatos como Caribe Mix, que fue publicado por el sello editorial Debolsillo en el libro Encuentros en una agencia matrimonial, y que ahora ofrezco a los lectores de este blog).

La última vez que volví de Cuba traje conmigo mi perdición.
Mi perdición se llama Lucrecia, tiene veintiséis años, la piel chocolate, senos palpitantes y la última vez que la vi movía sus curvas en dirección a un avión que la devolvería a su isla, mientras yo moría observando su marcha, hipnotizado por el vaivén de su vestido que insistía en ascender sobre sus nalgas por mucho que la mano de su dueña se empeñara en devolverlo a su sitio. Una mezcla de vértigo y luto me quemaba el estómago.
—Sé fuerte Mario —me decía mi amigo Alberto, que me sujetaba del brazo para que mi cuerpo no cayera en el suelo del aeropuerto como un saco.
No habría conocido a Lucrecia si no llega a ser por Alberto.
Todo comenzó once años atrás, cuando Mario descubrió que Beatriz, su mujer de entonces, le engañaba.
—Necesito una prueba. Tengo que estar seguro.
Tanto insistió que consiguió convencerme para perseguirla y grabar su traición en una cinta de vídeo.
—Pero Alberto, que nosotros somos bomberos, no espías, ni detectives. Seguro que me pilla. ¿Por qué no se lo pides a uno de nuestros colegas de la policía?
—Mario, por Dios, ¿tú crees que puedo contarle esto a alguien más? ¿Te piensas que no siento vergüenza?
—Ya. Pero a mí me descubrirá, ya lo verás.
—Alquilaré un coche, para que no lo reconozca.
No trató de fingir Alberto cuando vio las carantoñas que su mujer hacía a aquel hombre. Sentado en la salita de mi piso, frente a la pantalla, sus ojos enrojecían de furia, de pesar incontenible, de angustia contagiosa.
—Anda Alberto, esto es una tortura. Ya tienes la prueba que querías. No hace falta que sigas viendo esta mierda.
—Déjame —me dijo con voz desconocida— Con un ATS, ni siquiera se ha liado con uno de los médicos. Con un enfermero, qué poca categoría.
Le preparé una copa de bourbon, se la bebió de un trago y guardé la botella asustado. Había visto perder el trabajo a más de un compañero por culpa de historias similares.
Alberto se separó, pero tardó mucho en recuperarse. Durante los dos primeros años odiaba a las mujeres con toda su alma. Se aislaba en el chalet con el que se quedó tras la separación de bienes, sin más compañía que la de sus dos perros que dormían a sus pies, y las visitas de rigor de sus dos hijos.
Los bomberos somos testigos de muchas desgracias, pero también tenemos anécdotas divertidas para parar un tren. En una ocasión, cuando Alberto maldecía su mala suerte, nos llamaron para socorrer a una pareja que había quedado atrapada en un seiscientos. Hay gente que idolatra ese coche. Algunos se vuelven locos por encontrarlos. El dueño debía de ser uno de esos.
El caso es que la pareja se había acalorado y estaban dale que te pego dentro del coche cuando a él le dio una contractura muscular en medio del polvo y se quedó clavado. No podía moverse. Ella se deslizó fuera del coche como pudo y nos llamó.
El pobre lo pasaba fatal. Era un hombre muy grande y corpulento, y no hubo forma humana de conseguir que se moviera para salir por la puerta. De modo que no nos quedó más solución que destrozar el capó del coche y sacarlo por arriba, en camilla.
La mujer comenzó a llorar desesperada. Era un llanto irrefrenable, por más que intentáramos calmarla:
—No se preocupe, no le pasará nada. Ya verá cómo con unas cremas y algún antiinflamatorio se pondrá bien en un par de días.
—¡No, no! ¡Hip, hip, hip!
Nada, ella seguía con su gimoteo.
—¡No es eso! Hip, hip. Es que, es que, ¿cómo le explico a mi marido lo del capó del coche?
Intentamos ahogar las risas, pero fue imposible. Un chaval que llevaba seis meses en el cuerpo se tiró al suelo a carcajada limpia. Pero no fue eso lo que acabó con el llanto de ella, sino la cara de mala leche que puso Alberto. Era el único que no reía. Lo alejé del grupo en cuanto me percaté:
—Venga, hombre, venga. Tómate la vida de otro modo.
Los bomberos tenemos muchos días libres al mes para compensar las guardias y Alberto los consumía haciendo sus chapuzas. Le gustaba arreglar muebles antiguos en el jardín de su casa. Al principio era una buena evasión, pero pronto la restauración dejó de ser suficiente para combatir su soledad.
Alberto empezó a echar de menos la compañía de un ser querido, y aquello era un buen síntoma, un indicio de restablecimiento. Pero tampoco le iba lo de pasar la noche en salas de bailoteo y ligue. Eso no.
—A mis cuarenta y cuatro años no quiero planecillos, García —le decía a un colega casado que le había llevado alguna vez con él y la mujer a visitar esos locales—. Yo lo que quiero es rehacer mi vida.
Y a mí también me aburría ese rollo, la verdad. Hasta que un día se entusiasmó con la idea de viajar, de descubrir el otro lado del océano. Fue un sábado que paseaba por Las Ramblas. En el Café de la Ópera daban una conferencia o hacían una tertulia sobre otras culturas. Alberto entró y escuchó las voces de aquellas gentes de Venezuela, de Argentina, de Chile y de Cuba. Lo que allí se contó sobre el Caribe le dejó fascinado.
—En el próximo descanso me voy, Mario. Ahora, en febrero, será muy barato.
No me lo pensé dos veces y me marché con él.
Podría contar infinidad de historias sobre aquellos años de viajes a aquel rincón de mujeres melosas y cálidas. A mí me enamoraron desde el principio. El caso de Alberto era diferente. Él se sintió curado gracias a los nuevos aires, a la familiaridad de aquella gente. Los cubanos saben gozar de la vida, y eso, de alguna manera, hacía que nos sintiéramos avergonzados de nuestros gimoteos.
La primera noche que llegamos a la isla, borrachos ya de no dormir, cambiamos nuestras horas de reposo por un baile en las calles de La Habana. Por la puerta de nuestro hotel pasó un viejo que con una lata y unos palos nos descubrió el encantamiento del ritmo. Le seguimos y en un suspiro aquello se convirtió en un desfile carnavalesco.
—En Cuba tenemos un lema —nos dijo el viejo—. Después de veinte desengaños, qué importa uno más.
Fuimos muchas veces. Recuerdo con cariño a las mujeres que viajaban solas. Ocupaban una tercera parte del avión. Las veías modositas en la cola del aeropuerto, y comenzaban a desmelenarse al despegar, dispuestas a saborear los placeres isleños, a perderse por las calles de La Habana, a mezclarse con el olor salvaje del Caribe. Y yo me alegraba por ellas, ¿qué mal hacían a nadie? Luego, a la vuelta, recuperaban el recato y los tonos grises de la ciudad.
Como les contaba, en mi último viaje conocí a Lucrecia. Las historias sobre felices matrimonios entre españoles y cubanas circulaban a un lado y otro del Atlántico. También se hablaba del engaño, de las que querían aprovecharse de nosotros para salir del país, pero ¿por qué tenía que pasarme a mí?
Pues me pasó.
Dos meses. A los dos meses tan solo de vivir conmigo, mi apasionada cubanita se echó a llorar:
—Ay, manito, yo no puedo vivir sin mi novio. Creía que sí, pero no puedo. Yo quiero regresar.
No quise retenerla a la fuerza, ¿para qué? Era una tontería. Según un compañero a quien llamamos El Cubano, por estar casado con una de allá, mi fallo fue traérmela de la zona más turística de la isla. Su mujer proviene de un pueblecillo alejado de ese ambiente, y eso es una garantía de éxito. Pero yo no me he arriesgado a volver. Sé que la buscaría a ella, lo sé, porque tengo que ser sincero y reconocer que me quedé completamente colgado.
Alberto y yo cambiamos los papeles. Él fue quien hizo lo posible por animarme. Pero escondió un secreto que me reveló más tarde, después de emparejarse con Cecilia, una quiromasajista de cuarenta y tres años, separada y con un hijo, el cual al poco tiempo de la aparición de mi amigo se marchó a vivir con el padre. No porque se llevara mal con Alberto, sino porque los adolescentes son así de egoístas y no le sentó bien que su madre tuviera pareja. Además, como decía Cecilia, en casa de papá no había normas que cumplir.
Cecilia me pareció dulce, agradable, bonita y con clase. Yo atosigué a Alberto con preguntas.
—Pero tú, ¿cómo? Dime: ¿cómo la has conocido? ¿Dónde? ¿Cómo fue?
Me contestaban con evasivas, con respuestas vagas. En él no me extrañaba, porque los hombres somos así. Pero me resultó desconcertante que ella tampoco se detuviera en detalles. A las mujeres, por lo general, les gusta explicar todo eso, cómo conocieron al novio, el vestido que llevaba, si llovía o era un día de sol radiante. Se acuerdan de todo: de lo que se dijeron, del color de las rayas de la camisa de él, de lo que tomaron, de que la lasaña que les sirvieron en aquel restaurante estaba congelada y de lo galante que fue él con la camarera para pedirle que se la cambiaran por otro plato. De todo. Cecilia, sin embargo, callaba, y su silencio me pareció muy sospechoso.
Por fin me lo contaron. Me dijeron que se habían conocido en una agencia matrimonial.
—Se me ocurrió mirando el periódico —me explicó Alberto—. Tenías que haberme visto. Subí el ascensor, las puertas se abrieron y antes de dar un paso volví a bajar. Y luego en la calle pensé, pero cómo es posible hombre, con la de cosas que te han pasado, ¿vas a tener miedo de esto? Y subí otra vez.
La historia de Cecilia era muy similar a la de mi amigo. Como él, ella descubrió el engaño de su marido y decidió que no la merecía, que tenía que darse una nueva oportunidad. Su situación económica no era muy boyante, pero pagó en dos plazos y su padre le prestó parte del dinero.
—Estaba muy preocupado por mí —explicaba ella—. Mi padre es muy mayor y no quería verme sola. Ha hecho muy buenas migas con Alberto. De todos modos, fue mi hermana quien me arrastró hasta la agencia, y en el ascensor me pasó algo parecido a lo de él. Mi hermana me agarró del brazo y prácticamente me obligó a subir.
También a mí me costó decidirme, pero ya me ven, allí plantado, frente a aquella señorita tan atenta que me preguntaba sobre el tipo de mujer que me gustaba:
—Pues, bueno, qué le voy a contar, una chica agradable, sencilla —y repetí las palabras de mi amigo para salir del paso—, no me importa que sea pobre de solemnidad, pero por encima de todo, que sea honesta.
Efectivamente, esa era poco más o menos la imagen de las mujeres que conocí, y, como era de suponer, no conseguí que ninguno de aquellos encuentros cuajara.
—Cecilia no fue la primera chica con la que quedé —intentaba animarme Alberto—. Igual que le pasó a ella, también había conocido a otros antes de mí.
—¡Yo qué sé! Las encuentro muy sosas.
—Claro, hombre. Tenías que haber pedido lo que de verdad te gusta, una mujer a la que le vaya el sexo tanto como a ti.
—¡Me da corte! ¿Cómo voy a sentarme delante de esa señorita para decirle: mire, yo lo que quiero es a una mujer que me ponga a mil?
—¿Y por qué no? Puede ser honesta, sincera, de lo más respetable, pero que le guste el sexo. Mario, por Dios, que no estamos en el siglo XIX.
—Que no, hombre, que no, que yo no voy allí a decir nada parecido.
Y pedí que cancelaran mi ficha.
Al año de conocerse, Alberto y Cecilia se fueron a vivir juntos, y ya tenían fecha para la boda cuando la madre de mi amigo sufrió un ataque al corazón. Alberto cogió la agenda sin pensárselo un segundo y llamó a su ex, con la que no hablaba desde hacía años. Ella se comportó y utilizó todas sus influencias como enfermera-jefe para que le dieran la máxima prioridad en urgencias. Dijo a los médicos que se trataba de su suegra, de modo que Cecilia se quedó al margen. Era evidente que la tratarían bien fuese quien fuese, pero naturalmente, como familiar de una empleada tendría ciertos privilegios.
Yo corrí al hospital en cuanto supe lo sucedido. Cuando llegué, lo encontré abatido en una silla del pasillo. Al poco rato, apareció su ex y se sentó a su lado. Pensé que necesitaban cierta intimidad, por si ella quería explicarle las últimas noticias o algo así, y me levanté para ocupar una de las sillas de enfrente. Entonces me quedé alucinado. Ella adoptó una actitud exageradamente cariñosa para coger la mano de Alberto.
—Parece que ha salido del peligro. Enseguida te llamarán.
Él suspiró profunda y largamente.
—Si hubiera tenido una bola de cristal para mirar nuestro futuro —continuó ella—, nunca hubiera hecho lo que hice. Creo que no estaba en mis cabales.
Alberto levantó la vista y la miró.
—Oye, te agradezco lo que estás haciendo por mi madre. Pero lo nuestro es una página de mi vida que dejé atrás hace mucho, demasiado tiempo.
Ella sabía que tenía pareja, que vivían juntos, ¿qué pretendía? ¿Destrozar lo que tanto había costado recomponer? Presenciaba aquella escena y no daba crédito. ¡En un momento como aquel! ¡Qué manipuladora! En mi fuero interno me sentí atacado, como si me estuviera pasando a mí. Mi amigo, en cambio, actuó con mucho aplomo. Le habló con tranquilidad, dejando aparcado cualquier síntoma de reproche. Casi le aplaudo allí mismo.
La madre de Alberto se recuperó, aunque sigue un poco delicada, por supuesto. Un infarto deja huella. Pero anda muy distraída con los preparativos de la boda. ¡Parece que se le case el hijo por primera vez!
Quizá debería regresar a la agencia y tener valor para pedir lo que realmente quiero: una hermosura morena que me vuelva loco en la cama. O puede que deje el trabajo y me compre un terreno en uno de esos pueblos donde falta género femenino y llegan de vez en cuando un cargamento de bellezas de otros mundos para repoblar la zona. En esto pienso mientras comparto una merienda con Alberto y Cecilia.
—No te eches tanto azúcar, mujer, que no es bueno —le dice él, siempre tan paternal.
—¿Quieres dejarme? Ya soy mayorcita, ¿no crees?
—Tengo que cuidarte —responde Alberto con sorna—, porque me costaste cara.
—Lo mismo pagué yo por ti, y, además, a plazos.

(Hace poco leí en una página de Facebook de ‘segundas esposas’ algo que, traducido del inglés, venía a decir que el amor de tu vida puede llegar después del error de tu vida. Sobre ese tipo de amor y el fantasma de ese error va la novela COMO LA SEDA. Pueden pinchar en esta imagen para conocerla):

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