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La ira: ¿para qué sirve?


LA IRA: ¿PARA QUÉ SIRVE?

«Para envejecer prematuramente y dar de comer a los cirujanos plásticos», responde la psicóloga María José Zoilo.

Mal genio, mal humor, mal carácter. Hay gente que ha integrado la ira en su vida con la excusa de que es algo humano. Alterarse alguna vez o perder los nervios ante una situación determinada es natural, pero no puede servir como justificación para relacionarse con los demás de manera hostil, enfadarse constante e intensamente, ofenderse por cualquier cosa y pagarlo con descargas de agresividad en altas dosis.

Del iracundo se suele comentar que tiene mal carácter, o que tiene “un pronto”. Los que gustan de eufemismos prefieren decir que se trata de alguien “un tanto especial”, y no faltan individuos que los admiran y elogian: «Es que tiene mucha personalidad». Pero la realidad es que suelen ser bastante intratables.

Además de perjudicar nuestras relaciones afectivas, la ira puede provocar úlceras, enfermedades cardíacas, insomnio, cansancio, urticarias, depresiones y otros malestares físicos y psicológicos. María José Zoilo, autora de No te alteres (Grijalbo Mondadori), explica que «las alteraciones no solucionan nada, al contrario, empeoran las situaciones complicadas, pueden bloquear e incapacitarnos para salir de los problemas cuando se trata de conflictos auténticos. Pero, a veces, ni siquiera sabemos distinguir entre problemas y aquellas situaciones que tenemos que aceptar como tales, que no tienen solución y que nos sacan de nuestras casillas injustificadamente».

La psicóloga sugiere unas cuantas medidas para frenar la rabia y la ira y evitar los berrinches innecesarios: 

Conocer los riesgos a los que se expone quien se deja arrastrar por continuos enfados: perder la salud y la compañía de las buenas amistades, por ejemplo. Una fórmula para conocer los peligros de los berrinches es colocar un dedo en la muñeca o en el cuello para comprobar cómo se acelera el pulso y cuánto tiene que soportar el corazón en esos momentos.

No esperar a que los demás cambien y dulcificar el carácter.

Regresar a la placidez del bebé, que sólo necesita lo básico para ser feliz.

Analizar con frialdad y en un momento de relajación qué es aquello que más alteración causa: ¿Se soluciona con un enfado?

No confundir “respeto” con “temor”, que es, seguramente, lo que sentirán quienes viven con el iracundo. Habría que pensar en la persona que intenta defenderse del enfado y en el disgusto por el que está pasando, en sus sentimientos de culpabilidad.

Ante una situación desesperante en la que nada se puede hacer (un atasco, una sala de espera...), entretenerse haciendo algo útil para tener la sensación de haber aprovechado el tiempo.

Si el enojo tiene lugar en casa o en el trabajo, trucos como lavarse la cara, los dientes, ponerse colonia o peinarse ayudan a rebajar la tensión.

No tomar decisiones en los momentos de descomunales enfados, aunque tampoco debería hacerse en casos de euforia. Probablemente, después llegará el arrepentimiento.

Pero, por encima de todo, no existe mejor remedio contra la furia y las alteraciones cotidianas que encarar la vida con buen humor. Una alegría que relaja, estimula, oxigena y desintoxica. Las personas con buen talante viven mejor y hacen que los de su entorno sonrían a menudo. Esa es una de las terapias más eficaces ante cualquier enfermedad.

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Este artículo vio la luz por primera vez en el Magazine de La Vanguardia. Si te ha gustado también te puede interesar:

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