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Ricos y famosos


(En esta entrada os traigo el relato inspirado en una de las personas que menos pueda imaginarse como cliente de Samsara o de cualquier otra agencia para encontrar pareja, pues un hombre atractivo que triunfó en el mundo de la música no responde al perfil que tenemos construido en nuestras mentes. La verdad es que ninguna de las personas que entrevisté parecían ‘necesitar’ ayuda para emparejarse. Escuchar sus historias me permitió despojarme de prejuicios y falsas creencias. Como dijo aquel, la verdad nos hace más libres).

La fama es como un veneno. Yo bien lo sé. Un veneno corrosivo que acaba con lo mejor de ti. Ahora me doy cuenta, después de ocho años de terapia.
Cuando eres muy joven no lo notas, claro. Todo te deslumbra: el escenario, los focos, los rostros embobados de las chicas, los viajes... Y, después, la tele.
Ustedes me perdonarán, pero no les voy a confesar quién soy. Sepan tan solo que hubo una época en la que, con frecuencia casi semanal, podían vernos en sus televisores. Hemos escrito y cantado temas que todos ustedes conocen. Seguro. Y me parecería extraño que no los hubieran bailado en más de una noche de verano.
Hemos sido uno de los grupos más populares del país.
Cuando cruzamos el charco por primera vez, reclamados por el público de las Américas, apenas tenía veinticinco años cumplidos y ya había pasado por mi primer divorcio.
No me dolió mucho. Fue un amor de efervescencia juvenil, de los que casi no dejan huella. El malo fue el segundo.
Durante mucho tiempo pensé lo que muchos otros hombres en estos casos: que todas las mujeres son unas lobas. Sin incluir a mi hija, por supuesto, que me dio la mayor de las alegrías cuando decidió vivir conmigo tras la separación. Para mí, aquella fue la prueba definitiva de mi inocencia en todo lo sucedido.
Sinceramente, creo que no me lo merecía. Yo jamás la engañé. Y no por falta de oportunidades, que a los artistas nos sobran. Pero ella... Ella era reincidente. Sí. Ya me había engañado con anterioridad y la perdoné.
La quería demasiado.
La segunda, sin embargo, no pude. Percibí la malicia, el deseo de hacerme daño, de provocar la ruptura. Si al menos, hubiera sido con un desconocido. Pero tuvo que escoger a uno de mis mejores amigos, para que me sintiera más humillado, más hundido, acabado, para que la depresión a la que aquello me condujo no me permitiera defender absolutamente nada. Y se lo quedó todo. O yo dejé que se lo quedara. No sé. No podía con todo eso de los trámites y el papeleo. Los hechos se sucedieron con la rapidez de movimientos de un caballo desbocado. Y yo me sentía como si hubiera caído de él al primer envite y me escabullera, acurrucado en la tierra, para que no me aplastara con sus patas.
En mis intentos de reanudar la marcha de mi vida, que ahora se presentaba como una pendiente cuesta arriba, acudí al psicólogo. Me vio tan mal que me envió al psiquiatra:
—Necesitas algo de medicación —me dijo—. Tienes que dormir. Y, créeme Pablo, no todas las mujeres son malas.
En una de las visitas a su consulta, mi psiquiatra me invitó a una fiesta que celebraban aquella misma noche los expertos en salud mental, no recuerdo por qué motivo. Intenté rechazar su propuesta, le dije que ya tenía suficiente ajetreo social con mi propia vida profesional.
—Esto es diferente, hombre. Es otro ambiente. No tienes que presentarte como un artista. Podrás ser tú mismo.
—Pero, ¿qué pinto yo en una fiesta de psiquiatras?
—Lo mismo que los demás. En el fondo, cuando salimos de noche, todos vamos a lo mismo: a ligar.
No estaba para ligues, pero me presenté en el hotel donde se celebraba el cóctel.
Entre todos aquellos indagadores en el cerebro humano vestidos para la ocasión, encontré a mi psiquiatra. En torno a él formaban corro un grupito de jóvenes muchachas, muy pijas todas ellas. Eran alumnas universitarias.
Mi médico no era un hombre atractivo. Tampoco es que fuera feo. Pero había en su aspecto algo especialmente desagradable. No sabría explicar el qué. Pero de lo que estaba seguro era de que aquellas chicas no le reirían las gracias si no fuera porque él era uno de los catedráticos con más prestigio en la universidad, el hombre que podía abrirles la primera puerta. Y yo me vi a mí mismo como protagonista de aquella escena, rodeado como él de jovencitas al final de un espectáculo. Me pareció tan triste que casi me echo a llorar allí mismo.
El doctor me vio antes de que se aflojara el lagrimal. Se acercó a mí acogiéndome con su brazo, lo puso sobre mi hombro y dirigió mis pasos hacia el grupo.
—Chicas, cuidad de mi amigo Pablo mientras voy en busca de una copa.
—¿Forma usted parte de su equipo? —me preguntó una de ellas.
—¿Cómo?
—Del equipo de investigación, el de la afasia.
—Ah, sí.
—Creo que participa gente de varias especialidades, ¿no? ¿También es usted psiquiatra? —apuntó otra con ojos azul intenso.
—No, yo soy uno de los pacientes.
Abrieron sus bocas estupefactas.
—Sí —continué animado—. Soy una cobaya, o un conejillo de Indias, como prefieran llamarlo. Me pagan muy bien por hacerlo. Hace muchos años que me dedico a esto, ¿saben? Participé, incluso, en las investigaciones sobre los efectos del electrochoque, allá en los setenta. De hecho, gracias a esa terapia me volví afásico. Fue una suerte, porque así puedo continuar con este empleo.
—Su cara me suena. ¿Ha venido alguna vez a la facultad? —volvió a preguntar «ojos azules».
—¡No! ¡Ya sé de qué le conocemos!— exclamó otra que vestía un traje rosa chicle—. Su foto ha salido en las revistas médicas.
—Buena memoria —afirmé sin remordimientos.
Antes de que salieran de su asombro, llegó mi psiquiatra.
—Lo siento, doctor, tengo que marcharme —le dije.
—Pero si acabas de llegar.
Acerqué mi boca a su oído para susurrarle.
—Tengo retortijones. Creo que algo me ha sentado mal.
—Bueno, bueno —me despidió con unas palmaditas en el brazo—, ya veo que quieres escabullirte.
—¿De verdad es un paciente? —escuché preguntar a las chicas mientras me alejaba.
—Ah, lo ha confesado —respondió el doctor—. Bueno, está en su derecho...
Antes de abandonar la sala me giré para verle de nuevo. Volvía a mostrarse risueño y parlanchín, aprovechaba ocasiones para tocar el pelo de una, acariciar el brazo de otra, y ellas le regalaban sus risas y atenciones.
De vuelta a casa pensé en mi hija, de la edad de esas muchachas. ¿Actuaría igual que ellas ante uno de sus profesores? Pensando tan solo en esa posibilidad creí hundirme.
Cinco años después de la separación comencé a sacar la cabeza. Del pozo de mi depresión, quiero decir. Lo noté por mis visitas constantes a Transilvania. Bueno, eso de Transilvania era un guiño entre mi hija y yo. Ella llamaba así a la cafetería donde íbamos a merendar, donde trabajaba una treintañera procedente de Rumania, de tez blanca y cabellos muy rubios, con la que me quedaba atontado. Supongo que fue su indiferencia la que me fascinaba. Ya, ya sé que no tengo la popularidad de antes. Pero, normalmente, las camareras más jóvenes caen en la cuenta de quién soy cuando oyen las alusiones que sobre mi persona hacen otros, y dicen como aquellas estudiantes de psiquiatría: «Ya me parecía a mí que su cara me sonaba de algo».
Pero ella no, la rumana era diferente. Iba a lo suyo, absorta en sus quehaceres, y mi hija se partía de risa viendo mis intentos por llamar su atención.
En aquel entonces ya tenía formulada una hipótesis que explicaba la razón de mi mala suerte en los asuntos sentimentales: ellas no se enamoraban de mí, de Pablo, sino del cantante. Y, después, cuando bajaba del escenario y buscaba un poco de refugio hogareño, era como si la carroza se transformara en calabaza, o, lo que es peor, el príncipe en sapo.
Quizá esperaban que unos focos mágicos me iluminaran allá donde fuera, y que la música decorara románticas escenas como sucedía en las películas. El caso es que, muy a su pesar, yo no me mostraba cual tenorio que recita versos para encandilarlas a ritmo de salsa o rumba, metido en la cama con la guitarra después de hacer el amor. Yo, como tantos otros, cambiaba el cante por el son de mis ronquidos que, al parecer, eran bastante monótonos.


Imagino, también, que yo no supe o no quise darme cuenta de todo esto. Mi vanidad no me lo permitió. Y no lo digo por sacar ahora un látigo con el que flagelarme tras entonar el mea culpa, no, sino porque, si me detengo a pensarlo, mis compañeros del grupo han pasado junto a mí todos estos años, han recorrido conmigo los mismos escenarios, los mismos platós de televisión, hemos grabado juntos todos nuestros discos, y ahí continúan los dos, felizmente casados con sus encantadoras mujeres. La semana pasada, sin ir más lejos, celebramos las bodas de plata de uno de ellos.
Quizá llamaba más la atención por ser el que siempre se colocaba en medio. No sé, pero a mí, como les decía, se me metió entre ceja y ceja que fama y amor estaban reñidos la una con el otro. La fama y también el dinero, porque de eso sí que estaba enamorada ella, del dinero. Llegué a tener bastante, y cuando llegaron las vacas flacas, se buscó un amante que tuviera más que yo. En parte, lo comprendo. Ella proviene de un país donde ha pasado muchas calamidades, y por eso, imagino, la situación económica tiene mucha importancia para quien se ha visto asediada por la pobreza. El caso es que yo quería rehacer mi vida junto a una mujer que me quisiera de verdad y para que eso fuera posible esta tendría que conocer a Pablo antes que al artista.
Cuando me cansé de imitar a los adolescentes en Transilvania, mi hija comenzó a idear todo tipo de estratagemas para lanzarme a la conquista de una dama:
—Podrías apuntarte a un curso de inglés, papá, ahora que está tan de moda lo latino allí, en los Estados Unidos, podrías escribir algunos temas para el mercado norteamericano, o traducir los estribillos de los éxitos antiguos.
A mí no me engañaba. Ella se sentía apurada cuando se marchaba con los amigos y me dejaba delante del televisor. Además, en casa se encerraba a estudiar. Tampoco aquí podía compartir mucho tiempo conmigo, aunque estuviéramos bajo el mismo techo.
Para colmo, su primo José Luis se alió con ella. Es un chaval estupendo. Yo no entiendo por qué se critica tanto a la juventud de ahora. Si mi sobrino y mi hija son una representación de los jóvenes actuales, la verdad, yo me llevo de maravilla con esta generación. Nos juntábamos los tres en la cocina a preparar nuevas recetas, e inspirados por los aromas de guisos y asados, me sugerían qué hacer para ligar, cómo vestirme, qué explicar a las mujeres para ocultar parte de mi identidad sin mentir... Ellos han sido, en definitiva, parte esencial en todo este proceso.
Y uno de esos días surgió lo de la agencia matrimonial. Al principio, la idea me causó cierta tristeza. Que un hombre como yo tuviera que recurrir a este tipo de lugares para encontrar pareja me tocaba mucho la moral. Pero después me dije a mí mismo que ya estaba otra vez la dichosa vanidad metiéndose donde nadie la llamaba. Me deshice de ella una mañana que regresaba de Valencia, después de cantar en unas fiestas. Volvía escuchando la radio, un programa en el que participaban unas parejas que se habían conocido en una agencia. Cuando llegué a casa, mi hija ya se había marchado a la facultad. Me preparé un café y llamé a información:
—Señorita, por favor, ¿me da el teléfono de una agencia matrimonial?
Sorprendentemente, no me contestó aquello de «por agencia no me sale nada», sino que me dio el nombre de unas cuantas. Lo de Samsara me sonó bien. Pensé que mi cuñada se llamaba Sara y que igual me daba buena suerte, así que tomé nota del número y lo marqué.
Me atendió la propietaria de la agencia, quien, por cierto, no me reconoció.
—Supongo que si oyera alguna canción, me acordaría —me dijo.
Y yo pidiendo que figurara en la ficha como «representante artístico» para ocultar mi celebridad. ¿Celebridad de qué? No vayan a pensar que me decepcionó. En el fondo, me hacía ilusión imaginar que ya no necesitaría máscaras para esconderme.
En fin, no hago más que volver al mismo asunto una y otra vez. Intentaré concentrarme en los hechos.
Allí, sentado en el despacho de la agencia, me sentí aliviado. Tenía la sospecha de que iba a ser analizado, diseccionado, que tendría que pasar el «examen» de acceso para formar parte de aquel elenco de hombres y mujeres que acudían al encuentro del amor.
Pero no. Mis miedos se disiparon. Unos cuantos datos sobre mi físico, mi situación, si tenía hijos o no, mis gustos y aficiones, mis preferencias, y poco más.
Regresé a casa con un par de fichas y llamé a la que figuraba en la primera, sin detenerme a examinar detalles como la estatura, el peso o la edad.
Creo recordar que se llamaba Matilde. Me contestó con cortesía, pero muy distante. No parecía dispuesta a propiciar un encuentro. No sé para qué se apuntó. Puede que mi voz no le gustara. De fondo se escuchaban, además, algunas voces masculinas. Después, al fijarme en la ficha, vi que tenía cuatro hijos ya crecidos.
Antes de enfriarme, marqué el número de teléfono que figuraba en la segunda ficha. Era el de Rosa, la mujer con la que comparto ya tres años de mi vida.
Aquella primera conversación duró una hora. Cuando colgué me sentí dichoso. Ella había reído como una criatura ingenua sin que yo usara mis recursos habituales. No me había jactado de mis actuaciones ni de mis canciones, como había hecho en otros tiempos.
Me quedé allí sentado, en el sillón, junto al teléfono, con una sonrisa boba y la vista puesta en un horizonte imaginario. Papel interpretado por la puerta de entrada, situada frente a mí. Me desperté cuando la abrió mi hija:
—He quedado —le dije, sin darle tiempo a cerrarla.
—¿Con alguna de la agencia?
Se sentó a mi lado, dejando las carpetas sobre el sofá y sin quitarse el abrigo.
—Con ella —le dije mostrándole la ficha.
—¡Una cita a ciegas! Qué genial. A ver: Rosa, cuarenta y cinco años. No está mal, unos cuantos menos que tú.
—Pues claro, ¿quién te crees que es tu padre? ¿Uno de esos que se enrollan con chicas de tu edad?
—Ya lo sé, papá —y me dio un beso—. Qué más: es Tauro. Mmmm, Tauro con Cáncer.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada. Le gusta la música melódica, menos mal, ¿eh? Mira que si fuera forofa de la ópera y la clásica...
—Hemos charlado mucho, y sin conocernos de nada. Seguro que congeniamos.
 Mi hija continuó concentrada en la lectura.
—Características que le gustan de la pareja ideal: extravertido, simpático, agradable, con ganas de superarse, atractivo. Lo que no le gusta: la gente apocada o triste. Lo que más le importa: la confianza, la sinceridad, la complicidad... Está claro, esta mujer busca a mi padre.
Con esa inyección de seguridad me presenté a la cita.
Rosa parecía mucho más joven. La encontré muy atractiva y, sobre todo, muy cálida. Cuando llegamos a la cafetería me decidí a confesárselo todo. Liberado ya de todos mis temores, me puse a hablar por los codos. Y, cuando eso me sucede, no sirvo para morderme la lengua y esconder esto y aquello otro.
Además, ella se extrañaba de que alguien tan abierto y comunicativo como yo recurriera a una agencia matrimonial. Y le expliqué todo lo que ustedes ya saben. Más otros muchos detalles de los que se fue enterando a lo largo de varios meses. Tuvo mucha paciencia. Pero podía entenderme, porque ella había pasado por una situación muy similar. Rosa no se había casado, pero tuvo una relación con otro hombre que duró dieciséis años, y, al igual que yo, descubrió que le era infiel.
Me alegré mucho de confesarle la verdad tan pronto, porque a la media hora de nuestra llegada al bar, una de las camareras ya me había reconocido.
Cuando volví a casa, me esperaban mi hija y su primo, con una caldeirada de pescado, receta descubierta en uno de los libros de Carvalho, y con enormes interrogantes en sus rostros. El mío les daba la respuesta esperada y, locos de contento, sacaron una botella de cava de la nevera.
—No creo que sea esto lo que Vázquez Montalbán recomiende para regar esta delicia. Por cierto, ¡cómo huele!
—Está bien —dijo mi sobrino—, lo dejaremos para el postre. ¿Te parece mejor un Ribeiro?
—Venga.
Después de la copa de cava, José Luis se marchó, y, ya solos, mi hija me hizo una confesión.
—¿Sabes papá? Creo que yo también he comenzado una relación.
El corazón me dio un vuelco.
—Es un chico del último curso. Lo conocí esta semana, en una asamblea. Hasta ahora nos hemos visto en el bar de la facultad, pero hemos quedado este sábado, para cenar. Ya sé que es muy pronto, pero siento que es algo muy distinto de lo que he sentido por otros chicos. Me da vergüenza explicarlo, porque todo lo que me viene a la mente parece salido de las novelas rosa. Y ya sabes que no las soporto.
—¿Cómo puedes sentir vergüenza de esos sentimientos? A que ahora me voy a enterar de que mis canciones te parecen cursis.
Ella rio.
—Le gusta la música electrónica, suave, pero electrónica. No creo que le vaya mucho la rumba, ni la salsa.
—Vaya por Dios. Esto me lo veía venir.
Se puso seria de nuevo.
—¿Tú crees que eso se sabe, que puedes reconocer al amor más importante de tu vida así, tan de repente?
—Cariño, me gustaría ayudarte. Por nada del mundo quisiera que pasaras por lo mismo que yo. Pero no soy la persona adecuada para responder a esa pregunta, ¿no te parece? Si el amor es cosa de ciegos, me tendrían que nombrar presidente de la ONCE.
Creo que el tiempo nos ha dado la respuesta a ambos.
El mayor de mis temores, tengo que reconocerlo, era que Rosa y ella no congeniaran. Pero se llevan tan bien, que a veces se alían contra mí. Yo dejo que hagan conmigo lo que quieren, para qué engañarnos. Las cosas no pueden ir mejor. Me parece que esta es la única relación auténtica que he tenido.
En cuanto mi hija se case, que será dentro de un año, nos iremos a vivir juntos. Rosa no podía instalarse aquí, en mi casa, queda muy lejos de su trabajo. Y yo no quiero dejar a mi hija sola. Tiene unas cosas... Ahora se le ha ocurrido que nos podríamos casar el mismo día que ella.
—De eso nada, tú tienes que ser el único centro de atención, como todas las novias. Nadie más vestirá de blanco ese día —le contestó Rosa para zanjar la cuestión.
Creo que lo tengo superado, pero si pienso en el matrimonio, aún siento un resquemor por dentro. He estado casado dos veces, pero ella ninguna, y, lógicamente, una boda le haría ilusión. Quién sabe. Puede que el día menos pensado le dé una sorpresa.
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